miércoles, 23 de septiembre de 2015

Rankings de RSE y el fraude de Volkswagen



A varios días de haberse hecho público el fraude de Volkswagen en las emisiones de gases de sus vehículos diésel casi todo el mundo lo sabe.  Por la perfidia del fraude, se ha difundido aceleradamente en los grandes medios de difusión y en los medios sociales. Para estimular las ventas de sus vehículos diésel, reputados por tener poca potencia, los programaron con mayores emisiones de las reguladas por ley en EEUU con el objeto de mejorar el rendimiento del motor.  Pero para evitar que fueran detectados en las pruebas de emisiones (que en EEUU debemos hacer cada dos años) se había programado el software que controla la combustión de tal manera que detectara cuando estaba siendo sometido a una prueba (vía un algoritmo basado en movimientos del volante, uniformidad de la marcha, movimientos de las ruedas, etc.). 
 


  

Esto no es un error casual, o un fraude perpetrado por algún técnico granuja. Requiere de la participación de muchas personas, con premeditación y alevosía.  Este es un fraude corporativo.  Es un serio problema de cultura corporativa.  [i]¿Pensaban que podrían engañar a los reguladores siempre?  A lo mejor hicieron el análisis costo/beneficio de los beneficios tangibles del engaño (mayores ventas) con los costos potenciales (probabilidad de que me agarren, posibilidad de negociar la multa, monto de la multa, etc,) y concluyeron que era favorable.  Pero subestimaron la probabilidad y no evaluaron los costos intangibles, el daño que le hacían a la sociedad y el medio ambiente (como lamentablemente sucede en muchos análisis de decisiones relacionadas con RSE). [ii]

Pero lo interesante de la revelación es que viene días después de que Reputation Institute publicara su lista de las empresas más responsables del mundo y calificara a Volkswagen en la posición 11.  Este caso no solo alimenta más las dudas sobre la sinceridad y honestidad de las empresas, sino además sobre las instituciones que evalúan su responsabilidad.  En este caso, Reputation Institute,  conocida por evaluar las percepciones del público sobre las empresas, y de allí deducir calificaciones y clasificaciones de reputación, ha extendido su negocio a la calificación de la realidad de la responsabilidad de las empresas.  Una cosa es percepción, vía encuestas y otra es juzgar sobre una realidad, basada en un conocimiento muy limitado e imperfecto de la responsabilidad de las empresas. En la determinación de la percepción la tarea clave es diseñar, ejecutar y procesar bien las encuestas.  La determinación de la realidad requiere un conocimiento profundo de todas las actividades, de todas las empresas que se incluyen en la evaluación.  No valen muestras, no vale usar la información que proporciona la empresa, que puede (y muy posiblemente sea) ser sesgada.

¿Pero se puede evaluar la responsabilidad de la empresa ante la sociedad?  ¿Se puede comparar la responsabilidad de diferentes empresas?  ¿Tenemos que conformarnos con evaluaciones y rankings basados en actividades?  En artículos anteriores he defendido que no se puede. [iii]  Primero porque no hay consenso en lo que ello representa.  Segundo aun en el caso de que haya consenso, digamos con la definición de la Unión Europea de “responsabilidad por los impactos de las actividades sobre la sociedad y el medio ambiente”, cada empresa es diferente, tiene diferentes impactos, se enfrenta a una diferente sociedad, opera en contextos diferentes, lo que hace punto menos que imposible comparar las “responsabilidades” entre empresas (mi artículo ¿Cómo interpretar LA definición de RSE?).  Tercero, porque la responsabilidad de la empresa ante la sociedad va más allá de los impactos que tiene y debe incluir los impactos que quiere tener, como quiere contribuir al mejoramiento de la sociedad y del medio ambiente y eso es muy personalizado.

Lo que hacen las evaluaciones, premios y rankings de la responsabilidad empresarial es evaluar las “cositas” que hacen en nombre de la responsabilidad, usando un modelo preconcebido de lo que debe ser la responsabilidad de las empresas (todas son iguales, operan en el mismo contexto, se enfrentan a la misma sociedad) y evalúan actividades que pueden contribuir a la responsabilidad, pero no evalúan la responsabilidad definida en al contexto amplio mencionado arriba (esta es también la concepción equivocada y estrecha que la idea de Creación de Valor Compartido tiene sobre la RSE).  Suponen que hay que apoyar a las comunidades, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, tratar bien a los empleados y clientes, etc.  Todo esto está bien, pero son actividades parciales, no es la responsabilidad misma y muy pocas son comparables, sin tomar en cuenta el contexto en que opera la empresa. En todo caso los rankings serian de “actividades que pueden ser responsables y que son comunes a las diferentes empresas”, no son rankings de responsabilidad.

El caso de Volkswagen es paradigmático de esto, así como otros que comenté en su momento en otro artículo (Walmart, Bimbo, Telefónica: ¿Se pueden llamar empresas responsables?), y el ranking de Reputation Institute lo confirma.  No se puede evaluar la responsabilidad de las empresas, se pueden evaluar algunas de sus actividades.  Y lo más patético es que muchos de estos rankings o evaluaciones confunden responsabilidad ante la sociedad por acción o inversión social (véase el reciente informe del gobierno de España sobre la Responsabilidad Social Corporativa de las empresas españolas en Iberoamérica)

Este caso también ilustra el papel de los reguladores en asegurar la parte de responsabilidad que cae dentro de la ley y regulaciones.  En EEUU los fabricantes de autos informan al regulador de su cumplimiento con las normas y después el gobierno investiga (con muestreos al azar) si las cumplen o no.  Si no las cumplen las multas son severas y tienen no solo un carácter punitivo sino disuasorio (algunos no aprenden).  En Europa se hacen las pruebas de los vehículos dándole la oportunidad a las empresas de hacer las correcciones que sean pertinentes, pero no tienen la capacidad de multar a las empresas (está por verse cómo termina la investigación de VW en Europa).  En EEUU te conceden el beneficio de la duda, creen en tu honestidad (¿has llenado alguna vez el formulario de aduana para entrar en el país?) pero si te agarran mintiendo la pagas….y cara.  En Europa no confían en ti, pero si pasas el examen inicial tienes libertad (en Europa se enteraron en el 2014 que los vehículos diésel de VW contaminaban mucho más de lo permitido pero no actuaron, le remitieron el problema a EEUU).

Este ejemplo de VW puede ser muy positivo para el mundo de la responsabilidad por lo ampliamente conocido y por las extraordinarias consecuencias económicas y de reputación para la empresa (pérdida del valor en bolsa de más de  US$24.000 millones en varios días y multas potenciales de decenas de miles de millones de dólares) y que está contagiando a otros fabricantes de automóviles.  Actuó el gobierno, actúan los accionistas, actúan los consumidores, actúan los medios de comunicación.  Actúa el “mercado de la responsabilidad”.

Y pensar que esto le pasa a la empresa calificada como número 11 en el mundo por su responsabilidad ante la sociedad, según Reputation Institute.  Esta, como empresa de servicio público también tiene responsabilidad de actuar y “vender” productos que sean responsables, como las encuestas de percepción de reputación pero no como los rankings de responsabilidad que son engañosos (muy posiblemente dirán que su metodología no permite determinar la responsabilidad de las empresas, solo algunas partes).  ¿Sacarán a VW del ranking?

Esto también nos demuestra que las calificaciones, rankings y premios de responsabilidad deben tomarse con mucha suspicacia. 

Voluntariado corporativo: basta de malgastar recursos. IIa. Parte



“Porque al que se le da mucho, también se le exigirá mucho;
y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía.” Lucas 12:48

En la primera parte de este artículo[1] analizábamos el potencial del voluntariado corporativo, las ventajas de incorporarlo como para integral de la estrategia de responsabilidad de la empresa ante la sociedad y los beneficios que ello puede producir para ambas partes.  En esta segunda y última parte analizaremos el que y como aprovechar ese potencial de la empresa de hacer el bien a la sociedad a través de una implementación efectiva y eficiente del voluntariado, con una visión más amplia de ese potencial.

I.                Desde la comunidad hacia la sociedad

a.      Introducción

Para mejorar la productividad de la empresa es necesario que los empleados se involucren, que no lo vean solo como un trabajo para obtener una remuneración financiera (“yo no sé, yo solo trabajo aquí”), que es la visión más generalizada.  Una de las maneras más simples de involucrarlos más es hacerlos partícipes de los esfuerzos para que la empresa sea más responsable ante la sociedad a la que pertenecen.  Y una de las manifestaciones más visibles de esa responsabilidad es el voluntariado corporativo.  Sin embargo en la gran mayoría de los casos ese voluntariado es sinónimo de asistencialismo, de solidaridad, lo que no es malo y puede coincidir con los intereses de los empleados.  Sembrar arbolitos, ir al asilo, limpiar el pueblo puede mejorar la reputación de la empresa, especialmente si se publicita que los voluntarios lo hacen “a nombre” de la empresa (aunque muchas veces lo hagan en su tiempo libre y no el tiempo de la empresa).  Con la ubiquidad de la información todo se sabe y tarde o temprano se verán las verdaderas motivaciones de la empresa.

La gran mayoría de los programas de voluntariado corporativo están orientados hacia la comunidad, en un sentido muy estrecho, y desaprovechan la oportunidad de beneficiar a la sociedad en un sentido más general.  Para ilustrar esto podemos considerar un ejemplo que es paradigmático.  Es lo que hace una empresa multinacional farmacéutica:

  “……se les ofrece la oportunidad de colaborar durante una jornada laboral con diferentes entidades en el desarrollo de proyectos altruistas solidarios……”.  “Recogida de alimentos y juguetes, acciones de ayuda a la integración de discapacitados y ancianos o bazares solidarios son algunos ejemplos de las actividades que llevan a cabo …….”  “Todos estos proyectos parten de la estrategia de RSC de XXXXX, respondiendo a las demandas de todos sus públicos de interés y especialmente de sus empleados, generando valor para la compañía, reafirmando su carácter sostenible y socialmente responsable, y potenciando el desarrollo de su capital humano, valores y cultura corporativa.” 

De acuerdo, no es incorrecto, laudable, pero parece ser de bajo impacto relativo.  ¿Es esto lo mejor que pueden hacer la empresa y sus empleados?  ¿No es una mala utilización de recursos el usar personas calificadas para hacer trabajos menores?  Parece ser una estrategia diseñada al margen de la estrategia de sostenibilidad de la empresa y una consideración relativamente ligera de lo que debe ser su responsabilidad ante la sociedad, a pesar de que indican que es parte de su estrategia de RSC y pretenden obtener grandes “beneficios”.  Cabría esperar más.  Muy posiblemente es un malgaste de los talentos y motivaciones de sus empleados y las ventajas comparativas de una  empresa farmacéutica.  El lector podría sugerir una estrategia de voluntariado corporativo para hacer una contribución más efectiva a la sociedad.  No debe ser difícil.  

Este ejemplo, que es típico, ilustra la situación actual del voluntariado corporativo en muchas empresas.  Ha seguido al evolución de la responsabilidad de la empresa ante la sociedad, donde en sus comienzos, hace decenas de años, la empresa pensaba que para expiar sus pecados había que comprar indulgencias, o sea hacer donaciones.  Posteriormente vino el avance de ver que esas donaciones podrían beneficiar a la empresa y tener más impacto si se hacían parte integral de su estrategia y la empresa se involucraba en su ejecución. Se pasó de la filantropía pura y dura a la filantropía estratégica.  Esta es la etapa en que se encuentra el voluntariado donde ha pasado de atender necesidades percibidas de algunos colectivos en situación de desventaja a ampliar su visión hacia la comunidad como un todo.  Y a esta comunidad se le considera como uno de los stakeholders, pero esta es solo uno de ellos. 

Algunos autores proponen moverse del voluntariado corporativo tradicional al involucramiento en la comunidad. [2]  Pero eso sería paso muy tímido, el involucramiento debe ser con la sociedad. De la misma manera que la responsabilidad de la empresa ante la sociedad ha superado esta etapa en algunas empresas (las de mayor sofisticación) y se toma responsabilidad sobre los impactos que tiene y quiere tener sobre la sociedad, [3] el voluntariado debe moverse hacia un voluntariado donde se aprovechan las capacidades de los empleados y las ventajas comparativas de la empresa. Hay que moverse desde el voluntariado como estrategia de desarrollo comunitario a estrategia de desarrollo de la sociedad.  Debe verse en el contexto integral de sociedad, incluyendo gobiernos, toda la sociedad civil, el medio ambiente (no solo el parque aledaño), gestión de recursos humanos, etc.  Debe alienarse e integrarse con la estrategia de responsabilidad de la empresa, donde se gestionan todos los stakeholders.  Muchas veces el problema está en que la unidad de la empresa que atiende el voluntariado no está integrado al grupo que tiene la visión integral de la empresa y su entorno y se considera un grupo de benefactores sociales, al margen del negocio mismo de la empresa. Así es difícil tener impacto.

La discusión sobre si el programa de voluntariado es iniciativa de la empresa o de los empleados o responde a peticiones de la comunidad debería ser irrelevante.  Un programa de voluntariado corporativo solo puede ser efectivo y sostenible si forma parte de la estrategia de sostenibilidad de la empresa, de lo contrario es un programa aislado, ocasional, vulnerable.

La empresa tiene la responsabilidad moral y económica de emplear el talento y sus ventajas comparativas para el desarrollo de la sociedad, tanto de los gobiernos, como de las instituciones de la sociedad civil como de las personas.  Sería una irresponsabilidad quedarse en actuaciones a nivel de la comunidad, aunque ello no obsta para que en esas actuaciones tradicionales se busque usar esos talentos para mejorar la efectividad y eficiencia de sus intervenciones.  Esas actuaciones tradicionales continúan siendo válidas, hacen contribuciones al desarrollo de la sociedad, pero deben expandirse para aprovechar mejor las capacidades de la empresa y buscar impacto, valor agregado y efecto multiplicador.

b.     Materialidad de las intervenciones

En el esquema tradicional raramente se hace un análisis del potencial de la empresa de contribuir al desarrollo de la sociedad, muchas veces parece que esto es el resultado de las actuaciones predeterminadas más que el fin que se persigue.  Muchas veces las actividades son el resultado del interés de los empleados que observan necesidades insatisfechas en la comunidad o de demandas que la misma comunidad hace a la empresa, muchas veces canalizadas como actividades de relaciones públicas.  Pero, como en el caso de la responsabilidad de la empresa ante la sociedad, de la cual el voluntariado es parte, hay que determinar lo que es material para la empresa, es decir, lo que es más importante para la empresa en función del impacto que tiene sobre los stakeholders que pueden tener más impacto sobre el negocio. [4]

Como resultado de este análisis es muy posible que se concluya que apoyar al asilo de ancianos no es material para la empresa, aunque pueda ser deseable como solidaridad, pero no estaría en la lista de aspectos materiales o en todo caso estaría muy abajo en la escala de prioridades.  Es muy posible que, por ejemplo, para una empresa con gran impacto en la economía local, sea más material el usar los recursos del voluntariado apoyando la creación y gestión de pequeñas empresas que puedan ser sus proveedores o que den empleo estable a la población.  Esto tendría un efecto multiplicador. 

Obviamente que lo que es material depende de la empresa y su contexto, como deberían depender también las acciones del voluntariado.  ¿Tiene sentido que todos hagamos lo mismo? ¿Qué valor agregado tiene?  ¿Puede motivar a los empleados y directivos el hacer lo mismo que hacen los demás y que no tiene relación con la actividad de la empresa?  Las actuaciones en aspectos que son materiales para la empresa son más sostenibles en el mediano y largo plazo y tienen mayores beneficios al interior de la empresa.  La materialidad de las actividades del voluntariado forzará a moverse de iniciativas personales, ocasionales, efímeras y circunstanciales a iniciativas estratégicas a nivel de empresa,  con continuidad y coherencia internas.

c.      Ventajas comparativas de la empresa ante la sociedad

Para ir más allá del apoyo a la comunidad, la empresa debería analizar sus fortalezas y debilidades y las destrezas de sus empleados en función de su estrategia de sostenibilidad y en particular en la identificación de los aspectos materiales, y donde cree que puede tenar más impacto y efectividad.  Este análisis es específico para cada empresa y su entorno.  ¿Qué ventajas tiene una empresa de tecnología, o una farmacéutica, o de manufactura?  Es un análisis corporativo e industrial.

Pero también hay un análisis genérico aplicable a todas las empresas y una de las maneras de identificar áreas de actuación donde el voluntariado puede tener impacto es contrastando las ventajas y desventajas relativas de los diferentes sectores, usando las ventajas de la empresa para paliar las desventajas de otros.  El mismo análisis puede servir para identificar la posibilidad de efectuar alianzas para aprovechar sinergias en la responsabilidad ante la sociedad, incluyendo el voluntariado.  El siguiente cuadro presenta una simplificación de estas características. 





Analizando esta tabla se puede deducir, por ejemplo, que la empresa puede hacer una contribución usando sus talentos en la gestión de recursos financieros con eficiencia y en la búsqueda de resultados en el apoyo a las deficiencias de los gobiernos en ese mismo sentido. O que puede aprovechar su capacidad de gestión para colaborar con organizaciones de la sociedad civil a mejorar el impacto de sus actividades.

Un caso paradigmático es el voluntariado de las empresas mineras en la gestión de los gobiernos locales.  Un serio problema para estas empresas lo representa la gestión por parte de estos gobiernos de las regalías que pagan por la explotación.  Cuando estas regalías son despilfarradas o mal administradas, la empresa sufre ya que se crea la percepción de que se lleva todo y no deja nada.  Si la empresa ofrece asistencia a través del voluntariado en la formulación, construcción y gestión de proyectos (por ejemplo alumbrado, pavimentación, construcción de centros de salud y educación), lo que no es lo fuerte de los gobiernos locales pero si el suyo, los resultados positivos contribuyen al desarrollo de la sociedad y benefician a la empresa.  Y es mucho más efectivo que la filantropía tradicional que, por ejemplo, haría el proyecto, pero no dejaría conocimiento ni el sentido de esfuerzo y propiedad a la comunidad, incitando más bien a pedir más, a perpetuar el asistencialismo corporativo.  Igualmente sucedería con el voluntariado para la gestión financiera (contabilidad, préstamos, inversiones, relaciones bancarias, etc.) de los recursos fiscales del gobierno local.  Y la gestión de los recursos por los gobiernos locales es un aspecto material para la industria extractiva.  Claro está que esto debe manejarse con suma cautela para evitar la impresión de que una empresa poderosa controla al gobierno. [5]  Y también hay que tener mucho cuidado con no transmitir los defectos de las empresas de cortoplacismo, avaricia, etc.

Algo parecido puede hacerse con las organizaciones de la sociedad civil, apoyándolas en la gestión de sus propios proyectos, la obtención de recursos, su gestión financiera.  De esta manera en vez de “competir” con la ONG, por ejemplo una que se dedica al tema de educación, se la potencia para que ejerza sus labores con mayor efectividad y eficiencia, lo que tiene un efecto inmediato y un efecto multiplicador.

Otro ejemplo es el voluntariado con el conglomerado de las pequeñas y medianas empresas, PyMEs.  Los principales problemas de las PyMEs suelen ser los derivados de una gestión deficiente, que los lleva a problemas de financiamiento, de acceso a mercados y de producción.  La gran empresa puede colaborar con el colectivo de PyMEs proporcionado voluntarios que las ayuden en su gestión, ya a sea a nivel colectivo vía alguna asociación gremial, ya sea individualmente.  Este último caso es más factible para la gran empresa si la PyME es proveedora o existe la posibilidad de que lo sea.  El voluntariado sería una parte integral de una estrategia más amplia del desarrollo de su cadena de valor.

Estos tres ejemplos caen dentro de lo que podríamos llamar desarrollo institucional.  Este desarrollo suele tener más impacto y efecto multiplicador que acciones puntuales de hacer cosas dentro del voluntariado tradicional.

Otra de las ventajas comparativas de las empresas, por ser sometidas a las fuerzas competitivas, está en el uso de tecnologías, particularmente tecnologías de información, que suelen ser de aplicación más universal que sus tecnologías de producción y donde hay menos resistencia para compartirlas.  Esta ventaja se puede compartir a través del micro-voluntariado ya que suele ser una destreza específica de algunas personas y que debe ser personalizada para la institución a la cual se apoya.  Esta forma muchas veces se implementa no sólo a través de dedicaciones ocasionales, por horas, de algunos empleados, sino también en forma más intensiva a través de asignaciones de mediano plazo (secondment) en gobiernos, ONG e instituciones gremiales.

En este micro-voluntariado, ya sea en vivo o virtual, no participan decenas o centenares de personas, lo que a veces no es considerado o apreciado porque dentro de la empresa  el “impacto” se suele medir a través del número de voluntarios o el número de horas, en vez de medir el impacto, como debería ser, en función de la transformación que se ha logrado y de su sostenibilidad en el tiempo. Las personas, las horas, el dinero gastado son insumos no impacto.

Estos tipos de voluntariado pueden ser más factibles y efectivos en países en vías de desarrollo, pero no deben menospreciarse las posibilidades en países desarrollados, los que siempre tienen regiones o instituciones con menor desarrollo relativo, que pueden aprovechar el apoyo. Y también, como puede verse, estos voluntariados tienen una concepción más amplia que la de la comunidad, que se refiere más a personas que a instituciones.

Y es también importante considerar hacer alianzas para la implementación del voluntariado.  Es muy posible que existan instituciones gubernamentales, ONG especializadas o asociaciones gremiales en los temas de interés para la empresa.  En épocas de escasez de recursos no tiene sentido reinventar la rueda y duplicar esfuerzos o instituciones.  Es preferible dedicar los esfuerzos a conformar alianzas donde cada uno ponga a disposición sus ventajas comparativas para el logro del objetivo.  Si la empresa está interesada, por ejemplo en mejorar la educación en el entorno de sus operaciones, en vez de que algunos empleados vayan a enseñar en una escuelita sería preferible hacer una alianza donde el gobierno pone sus conocimientos y responsabilidades en el tema, la ONG su capacidad de entrega del servicio, su íntimo conocimiento del medio, su pasión y su independencia y los voluntarios de la empresa pongan su capacidad de gestión y a lo mejor acceso a algunos recursos de sus programas de inversión social.  Así se mejora la educación en más de un aula, en más de un pequeño grupo de estudiantes.  Y un caso, casi utópico, agruparía los programas de varias empresas para mejorar aún más el impacto y alcance (lamentablemente algunas empresas pensarían que esta alianza inter-empresarial diluiría la visibilidad de la empresa).  Más que dar pescado, más que enseñar a pescar, hay que aumentar la pesca al crear programas con impacto a largo plazo. [6]

II.             Comentarios de cierre

La sociedad está evolucionando, a diferentes velocidades en diferentes lugares, hacia la exigencia de responsabilidades a las empresas no solo por sus impactos positivos y negativos sino además por el uso que hace de los recursos que esa sociedad pone a su disposición.  Poco a poco la sociedad exige a las empresas la utilización de los escasos recursos de la manera más eficiente y efectiva posible, para su propio bien y el de la sociedad.  Y este criterio también aplica a las actividades de voluntariado corporativo.

Este voluntariado corporativo ha sido tradicionalmente gestionado como si fuera una donación de la empresa a la sociedad y por ende solo compete a la empresa la forma como la gestiona.  Es un “regalo”.  Si bien esto puede ser cierto en el corto plazo, a esperar que la sociedad exija otras formas, no es menos cierto que la gestión tradicional no utiliza los talentos y capacidades de la empresa y sus empleados de forma de maximizar el impacto positivo que puede tener.  La empresa deben moverse de la consideración del voluntariado como una parte de su filantropía, determinada casuísticamente, hacia verlo como parte de su estrategia de negocios y en particular de su estrategia de responsabilidad ante la sociedad.  Para ello debe analizar donde puede tener mayor impacto y efecto multiplicador, añadiendo valor, en los aspectos que son materiales para su sostenibilidad y debe moverse de considerar a la comunidad como su objetivo y ampliarlo a impactos positivos sobre la sociedad como un todo, en particular apoyando y apoyándose en el resto de las instituciones de la sociedad civil y los gobiernos.

Todo esto no quiere decir que debe suspender sus actividades tradicionales de voluntariado corporativo, pero si quiere decir que la sociedad espera mucho más de las empresas que donaciones de dinero o de mano de obra.

Este artículo ha propuesto mejorar la efectividad, eficiencia e impacto del voluntariado corporativo al ampliar la mira de actuación desde una filantropía comunitaria, como es lo tradicional, hacia su  responsabilidad ante la sociedad como un todo, a través de la integración del voluntariado en la estrategia de sostenibilidad de la empresa y determinando las actividades específicas en función de los aspectos materiales para la empresa y un análisis de las ventajas comparativas de la empresa en el entorno en que opera y de las competencias y destrezas de sus empleados.

Basado en esta discusión, ¿qué recomendaría el lector a la multinacional farmacéutica mencionada arriba como estrategia de voluntariado corporativo?  ¿Recomendaría el “…desarrollo de proyectos altruistas solidarios……”.  “Recogida de alimentos y juguetes, acciones de ayuda a la integración de discapacitados y ancianos o bazares solidarios.....” como lo hace ahora?





[1] Artículo escrito para el blog de Voluntare.

Engagement in the Community, CCCD – the Center for Corporate Citizenship Germany, 2010

[5] Ver mi artículo ¿Es nuestra responsabilidad? El papel público del sector privado. Versión preliminar de la publicada en Harvard Business Review América Latina, abril 2008.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Desigualdad, remuneración de los ejecutivos y responsabilidad empresarial: Una propuesta


Como consecuencia de la reciente crisis financiera han surgido grandes preocupaciones en muchos países desarrollados sobre los niveles de remuneración de los directivos, especialmente los bancarios, que son de los más elevados y los que parecían tener menos relación con el rendimiento y comportamiento de los bancos.

Recientemente la Comisión de Valores y Bolsas de EEUU (Securities and Exchange Commission, SEC) aprobó la resolución por medio de la cual se establece la obligatoriedad del reporte de la relación entre la remuneración del Consejero Delegado (Presidente, CEO) y el empleado medio (no el promedio de los empleados sino la remuneración del que está en el medio[1])[2].   Nótese que es solo un requerimiento de informar, no de actuar sobre la brecha.  Se espera que los accionistas y otros stakeholders tengan mejor información para evaluar las políticas de compensación de los dirigentes y reaccionen  en casos en los que pueda parecer una brecha excesiva[3].  Por la notoriedad de la medida y por el prestigio de la SEC es muy posible que sea imitada por otros países. 

La tabla siguiente muestra la relación entre el máximo y el promedio para algunos países.  Nótese que al poner en el numerador la máxima remuneración y el promedio en el denominador, la relación es mayor que lo que será la que se reporte según las regulaciones de la SEC.


En el caso de España el 24 de febrero del 2015 entró en vigor el nuevo Código de Buen Gobierno de las sociedades cotizadas, promulgado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, CNMV donde se establece que las empresas deben tener una política de remuneración de sus Consejeros que las alinee con los objetivos financieros y sociales de las empresas, pero sin imponer ningún tipo de límites absolutos o relativos ni relacionarlos con su responsabilidad ante la sociedad (ver el artículo del suscrito con Helena Ancos publicado el 29 de marzo del 2015 en AgoraRSC y el en blog de Cumpetere:  Código de Buen Gobierno: Remuneraciones de los Consejeros).



El promedio de remuneración anual de los casi 3.200 directivos de instituciones financieras que más ganan en la Unión Europea (2013) fue, de 1,9 millones de euros (Benchmarking of  Remuneration Practices at Union Level and Data on High Earners).  Para situarlo en contexto es ilustrativo compararlo con las ganancias de los 11 jugadores de fútbol mejor pagados en Europa (2015) y con los sueldos promedios de los científicos en EEUU (2013, 2014) en las siguientes tablas.  Las diferencias son abismales, sin embargo se escuchan pocas quejas sobre las ganancias de los jugadores de fútbol y pocas defensas sobre los bajos sueldos de los científicos (la tabla que sigue refleja promedios, pero es muy posible que la distribución estadística sea relativamente cerrada).  Aun cuando estos mercados laborales no sean mercados perfectos, reflejan oferta y demanda.  Con esta comparación no pretendemos justificar las remuneraciones en el sistema financiero, pretendemos mostrar un ejemplo muy paradigmático de que estos mercados no toman en cuenta la contribución que esas personas hacen al desarrollo de la sociedad para fijar la compensación por su trabajo. 



¿Cuál es el problema?

Pero, ¿cuál es el problema que queremos atacar?  Presumiblemente el problema son las elevadas remuneraciones de algunos directivos.  En vez de controlarlas directamente a través de limitaciones como se pretende hacer sobre las de las instituciones financieras en Europa (Capital Requirements Directive IV), con estas regulaciones se pretende que sea “el mercado de la responsabilidad” el que los controle.  Mano blanda, no intervención directa.  Se pretende que al obtener la  información sobre las remuneraciones, la sociedad civil, incluidos los accionistas de las empresas y, a lo mejor, algunos de sus directivos, presionen para corregir el “desbalance”.  Pero, ¿es la información sobre la relación entre el mejor pagado y el empleado medio la solución?  ¿Qué haremos con la información?  ¿Actuará la sociedad, y en particular los accionistas activistas, con esa información?  ¿Será esa actuación efectiva?  Y aun si la relación se hiciera obligatoria, ¿sería efectiva? ¿Se puede manipular la relación?   

No se pueden obtener respuestas definitivas a estas preguntas pero es posible hacer algunas consideraciones.  Seguramente los números recibirán mucha atención en los medios y es posible que en algunos casos los accionistas activistas y la sociedad civil exijan una moderación de las remuneraciones más elevadas.  En algunos casos tendrán éxito, ya sea porque sus propuestas sean aceptadas ya sea porque los mismos directivos tomen medidas antes de someterse al escrutinio.  Pero dado el estado actual de la gobernanza corporativa en la mayoría de los países el poder de los accionistas es limitado.

Es también poco probable que se establezcan limitaciones cuantitativas a las remuneraciones.  En todo caso se regularán las relaciones entre sueldos y bonificaciones por rendimientos o la posibilidad de recuperar parte de las bonificaciones en caso de que los rendimientos no se materialicen.  Pero es muy poco probable que se regulen cuantitativamente las relaciones entre los sueldos más altos y alguna medida de los sueldos del resto del personal.  Si se hace ello dará lugar a todo tipo de manipulaciones en el personal que se incluye, en qué forma parte del “sueldo” y no se debe descartar  que si las empresas se ven forzadas a subir algunos sueldos lo hagan a costa de la reducción de beneficios.  Para las empresas que se portan bien estas restricciones no son limitantes y los que se portan mal buscarán todo tipo de evasiones.  La crisis financiera que comenzó en el 2008 demostró que las empresas (financieras) siempre han estado y están por delante de los reguladores.  Y si se quiere controlar todo, se coartará la innovación y las acciones de responsabilidad ante la sociedad.  El balance entre regulación y libertad de acción es muy delicado y suelen pagar justos por pecadores.  Por ahora el balance se inclina a la libertad de acción, excepto en el sistema financiero que se inclina hacia la regulación.

¿Pero es el problema las altas remuneraciones de los directivos o el problema es la desigualdad en las remuneraciones dentro de la empresa? ¿Es preferible estimular reducciones en los sueldos de los más altos o subir las de los más bajos? ¿o ambos? 

La cobertura mediática ha tenido un sesgo a preocuparse por los elevados sueldos, pero recientemente, y como consecuencia de la crisis financiera, la sociedad civil, y en especial los medios académicos y algunos políticos están resaltando que el problema es la desigualdad y las propuestas van más hacia mejorar los ingresos del fondo de la pirámide salarial.

En parte para atacar la desigualdad, Thomas Piketty el autor del bestseller El Capital en el Siglo XXI y ahora asesor económico del partido Podemos en España, al analizar la evolución de la desigualdad en el siglo XX sugiere que parte de esa desigualdad se debe a que el capital crece a una mayor tasa que el PIB, en parte la acumulación de activos (algunos hereditarios) en manos de un reducido número de personas y por los elevados sueldos de los ejecutivos, y el enriquecimiento derivado de las start-ups han creado una clase privilegiada, además de la clase hereditaria.  Como parte de una serie de medidas para mitigar esa desigualdad propone que se establezca un impuesto sobre todo tipo de capital/riqueza (físico, patentes, valores negociables, etc., esperemos que no incluyan el capital humano) y que se aumenten las tasas marginales sobre las ganancias hasta llegar a un 80% sobre ingresos superiores a US$500.000 y 50% para los superiores a US$200.000.  Este artículo no es el medio adecuado para analizar esta propuesta, baste decir que ha sido muy controversial y calificada de utópica.

Una propuesta más modesta

En vez de gravar la riqueza acumulada o los esfuerzos personales, otros proponen otorgar incentivos fiscales, por ejemplo para que las empresas aumenten el sueldo a los empleados que ganan menos de $80.000 (Capitalists, Arise: We need to Deal With Income Inequality). No solo conllevaría  una reducción de la brecha salarial sino que podría ayudar a reactivar la economía a través del aumento del gasto. Esta propuesta hace que el gobierno termine pagando buena parte de los aumentos de sueldo a través de los incentivos fiscales.  Podría tener resistencias en las empresas y no parece factible por los costos que conlleva.  Nótese la gran oposición que está teniendo el aumento del sueldo mínimo, con el que se trata de beneficiar a los de menores ingresos.  Sería más efectivo si los impuestos se pagaran en función de la estructura de salarios (número de empleados en cada categoría de sueldos) como comentamos a continuación.

Esta brecha tiene resultados perversos.  La mayoría de los sueldos son a niveles inferiores a la contribución marginal que hacen a los beneficios de la empresa.  Esa es clave de la actividad empresarial.  Una consultora contrata estudiantes (contentos de tener trabajo) por $10/hora y los factura a los clientes a $100/hora, con lo que se cubren los sobrecostos (overhead) y los beneficios.  Cuando la población en el fondo de la pirámide salarial no gana lo suficiente, el Estado debe proporcionarle los servicios sociales y a veces créditos fiscales, que terminan pagando los contribuyentes.  Se puede alegar que los contribuyentes subsidiamos a los accionistas a través del pago de impuestos para cubrir ese déficit y a través de la remuneración de nuestros esfuerzos por un valor inferior a nuestra contribución.  En un mercado laboral tan imperfecto y con exceso de mano de obra no calificada o semi-calificada, esto es un negocio.  La empresa se puede preguntar ¿Por qué tengo que pagar mayores sueldos?

¿Debería preocuparle esto a las empresas? A los que operan en un mercado laboral con exceso de oferta del fondo de la pirámide salarial parece preocuparles poco, aunque con la ubicuidad de la información podrían sufrir las consecuencias de la inestabilidad social, de baja de poder adquisitivo de la población y de presiones de la sociedad civil, gobiernos y consumidores.[4]   Por lo menos debería preocuparles como un tema de justicia social, de motivación.  Afortunadamente les preocupa a los dirigentes más ilustrados que dan el ejemplo en sus empresas, industrias y países.  ¿Debería preocuparles a los gobiernos? La desigualdad es una bomba de tiempo, que conduce a la inestabilidad social, incertidumbre en las inversiones, costos sociales, crimen, enfermedades y por supuesto el efecto no medible sobre la dignidad personal.

¿A quién corresponde entonces la responsabilidad de cerrar la brecha?  Los gobiernos pueden establecer regulaciones, incentivos, castigos.  Las empresas pueden, voluntariamente, establecer una estructura salarial internamente equitativa y externamente justa. [5]  Los sindicatos también pueden tener un papel, pero recordemos que los afiliados son una gran minoría (en España menos del 16% de los trabajadores). Y obviamente los trabajadores mismos, aunque tengan menos probabilidad de éxito.

Como dirían los economistas, si la solución fuera fácil ya estaría implementada.  Una modesta propuesta para contribuir a cerrar la brecha podría ser el establecimiento de una estructura impositiva basada en la estructura salarial prevaleciente en la empresa. Hay que enfatizar que no estamos proponiendo ni subsidios, ni créditos fiscales, la propuesta radica en proporcionar incentivos para cambiar la estructura salarial, pagando los mismos o mayores impuestos, nunca menores.

¿Qué tal si los gastos en remuneraciones que sean inferiores a una predeterminada parte de la proporción global son deducibles del impuesto sobre la renta de las sociedades y el resto no?  En la actualidad, en la gran mayoría de los sistemas fiscales los gastos en remuneraciones del personal son totalmente deducibles del impuesto sobre la renta de las sociedades, pero podría cambiarse a que solo algunos lo fueran. Por ejemplo, si el ratio para una empresa es de 40 a 1, incluyendo los beneficios, solo serían deducibles las remuneraciones de aquellos que ganan menos de 10 veces la media.  Por ejemplo, si la media de todos los empleados, excluidos el cuerpo directivo gana $20.000 anuales y ese cuerpo directivo gana en promedio $800.000 anuales, las únicas remuneraciones deducibles serían  aquellas de los que ganan menos de $200.000 anuales (esto podría llegar a ser el 80% del gasto de nómina de una empresa típica).  El resto no es deducible del impuesto sobre la renta de las sociedades. [6]
Esto debería inducir a los directivos, y muy posiblemente a los accionistas a mejorar la estructura de sueldos.  Para mejorar sus bonos ligados a las ganancias netas tendrían interés en subir los sueldos de los de abajo ya que llevaría a mayores deducciones fiscales al subir el nivel de los sueldos deducibles.  Si se aumentan los sueldos de los de mayores salarios, ni sus salarios ni sus aumentos son considerados gastos deducibles, se cargan enteramente al beneficio de la empresa, el fisco no los subsidia, pero si se aumentan los de menores salarios, los aumentos y los sueldos son deducibles y la media aumenta, aumentando el grupo de trabajadores cuyo sueldo es deducible.

Obviamente que para fijar estos números hará falta hacer un estudio muy a fondo de las estructuras salariales en un gran número de empresas, de lo que ahora no se dispone.  Será después de varios años de que entren en vigor las regulaciones mencionadas cuando se podrá obtener mejor información para diseñar la estructura fiscal, para asegurarse que los incentivos funcionan y que no tiene costos para el fisco y a lo mejor generan mayores ingresos.

Y esto no es nada fácil porque cada industria tiene una estructura de mercado competitivo y una estructura de salarios diferente.  Algunas tienen personal altamente capacitado, otros usan mayormente personal no cualificado, aunque necesitan ejecutivos muy cualificados.  Estas medidas fiscales dejan libertad a las empresas para manejar sus estructuras salariales y no les impone regulaciones sobre los niveles de sueldos o bonificaciones de los directivos. Es menos intrusivo.

Y esta propuesta puede ser complementada con otras acciones.  La precandidata a la presidencia de EEUU de Hilary Clinton ha prometido promover créditos fiscales a las empresas que compartan beneficios con sus trabajadores.  Aunque no se afecten directamente los sueldos, se afecta la remuneración global del trabajador.  Por ahora hay muchas empresas que ya incluyen a sus trabajadores en participar de los beneficios.  En muchos casos está reservado para los de mayor nivel, pero hay casos en que se incluye a la mayoría de los trabajadores con contratos de mediano o largo plazo.  La experiencia existe a nivel voluntario.  La propuesta de la precandidata es usar el fisco para estimular una mayor aplicación.  Para no alargar el artículo sugerimos la lectura del artículo Can Profit Sharing Address Income Inequality? Publicado en el Harvard Business Review.

En resumen

El problema de la desigualdad en el ingreso ha adquirido mucha relevancia en los años recientes en buena parte estimulada por la crisis financiera y su impacto sobre las clases menos favorecidas y por las medidas de austeridad propuestas en muchos países que han reducido su red de protección social.  En este contexto, las remuneraciones de los directivos en general y en especial las del sistema financiero han llamado la atención sobre los problemas de desigualdad.  La oportuna publicación del libro de Piketty sobre el Capital en el Siglo XXI ha dada todavía más visibilidad al problema.

Muchas de las soluciones propuestas van en el sentido de controlar los sueldos de los altos directivos.  Pero es una solución fácil e inefectiva.  El verdadero problema reside en los bajos sueldos de aquellos afortunados que tienen empleos estables y es allí donde se deben tomar las medidas, mejorar sus remuneraciones.  Este artículo hace una modesta propuesta de usar la estructura fiscal para estimular mejoras en la estructura salarial a través del reconocimiento diferencial de los gastos de nómina como deducibles.




[1] Es de suponer que la distribución de remuneraciones en las empresas está sesgado hacia las más bajas por lo que la remuneración media será superior a la del promedio y que la relación será un número inferior a si se usara el promedio.  Habrá que tener cuidado con la comparación de otras relaciones que usen el promedio.

[2] La determinación de estas relaciones no es trivial, como puede parecer a primera vista y el lector interesado en los detalles puede ver el análisis en el National Law Review.

[3] Es de destacar que las regulaciones de la SEC ya exigen reportar las remuneraciones del CEO y de otros directivos claves.

[4] Cuando Henry Ford a principios de los 90s decidió elevar el salario mínimo con la oposición de algunos accionistas dio como argumento  que así sus trabajadores eventualmente podrían comprar uno de sus coches.

[5] El dueño de la empresa Gravity Payments se percató de la gran brecha entre su sueldo y el de sus empleados y decidió rebajarse el suyo y aumentar el resto, con un sueldo mínimo de US$70.000 que consideró como el “sueldo justo”.  Esta acción le valió grandes reconocimientos y notoriedad, pero vino acompañada con muchas reacciones negativas en parte del personal que lo vio como una profundización de injusticias ya que la remuneración no estaba ligada al esfuerzo, productividad y experiencia, y algunos miembros de la plantilla renunciaron.  También fue criticado por el ejemplo que daba a empresas localizadas en la misma zona que no podían seguirlo y se sentían afectadas en su reputación.  Adicionalmente algunos clientes dejaron sus servicios al pensar que el aumento de precios era inminente. Aunque el aumento fue en varias etapas, quizás debió hacerse más lentamente, no a todos al mismo nivel, incluyendo a los que ganaban más y ligándolo a rendimiento de su trabajo y de la empresa.  Fue altruista pero no equitativo.

[6] En EEUU solamente el primer millón de remuneración a los ejecutivos es deducible, pero la parte ligada a rendimiento sí lo es independientemente del monto, de allí que se pueda estructurar el pago del primer millón como sueldo y el resto ligado a rendimientos y así todo es deducible.