jueves, 4 de agosto de 2022

¿Sabías que la sostenibilidad es mala para la economía?


¡Pues sí! Son muchos los que lo creen. Los que la promovemos no podemos entender las posiciones de los que la denigran, ni ellos pueden entender las nuestras.  Pero sea como sea, no podemos ignorar que esas posiciones existen, no podemos promover la responsabilidad de las empresas, instituciones, personas y gobiernos ante la sociedad sin tratar de entender como piensan y porqué lo hacen los que se oponen.  Existen y tienen poder económico y político.

En este breve artículo consideraremos algunas de estas oposiciones.

1.  1.    La sostenibilidad empresarial contribuye a la inflación.

En esta época donde la inflación ha resurgido, se buscan todo tipo de explicaciones más o menos racionales para explicarla. Y hay una muy sui generis. En un artículo en el Wall Street Journal (de ideología claramente capitalista a ultranza) se dan argumentos para demostrar que la sostenibilidad empresarial y las acciones de los gobiernos para promover la sostenibilidad ambiental contribuyen a la inflación. El resumen del argumento es que la búsqueda de la sostenibilidad empresarial (usan el término inadecuado de “ASG”, que son criterios y no acciones) puede llevar a las empresas a operar de una manera que es económicamente subóptima, que producirán menos de lo que podrían producir, lo que estimula la subida de los precios y que su producción no sea tan eficiente como podría ser.

“Cuando las empresas se concentran en maximizar los beneficios, su principal objetivo es producir más al menor costo…. En mercados competitivos, las empresas sirven a los consumidores y a sí mismas al hacer más por menos.

Las prácticas de sostenibilidad empresarial sin embargo normalmente aumentan los costos y limitan la producción. Si una empresa dedica recursos a programas formales de diversidad, equidad e inclusión, con sus correspondientes costos en términos de contrataciones y burocracia, dispone de menos recursos para hacer investigación y desarrollo de productos. Igualmente, si una empresa tiene experiencia en petróleo y gas y decide dedicarse también a energía eólica y solar, a pesar de su limitada experiencia en estos sectores, su producción sufrirá. En general, un esquema de inversiones que desenfatiza la producción en favor de objetivos sociales desvía recursos de la producción eficiente, de la misma manera que lo hacen los impuestos…

Para volver a poner a la economía en un camino de crecimiento sostenible y baja inflación, la Reserva Federal (banco central) debe controlar el exceso de liquidez como lo está haciendo. Pero ello no es suficiente. Las empresas y los inversionistas deben resistir ideas como la sostenibilidad empresarial que limitan la productividad de las empresas.”

Sin entrar a analizar en detalle estas “opiniones” es de destacar que aunque fuesen ciertas, no consideran los beneficios para la sociedad.  Implícitamente hacen un análisis de costo beneficio concentrándose en el impacto en la empresa, y no en la sociedad como un todo. Podríamos decir que para ellos las externalidades negativas (impactos por los que no se paga el costo para la sociedad, cambio climático, por ejemplo) de la actividad empresarial no tienen costos para la empresa…hasta que la sociedad las obligue a afrontarlos. Aunque en efecto contribuyera a la inflación, sería un impacto mínimo, posiblemente no detectable, sobre el cual no presentan evidencia, solo especulaciones. Y en todo caso los costos de inflación habría que evaluarlos en función de los beneficios de la sostenibilidad a la sociedad.

Si bien cada país es diferente, en general, la actual inflación es mayormente debida a los precios de la energía, del costo de la vivienda (alquiler o hipotecas), el impacto de las subidas en las tasas de intereses en el costo financiero y el de algunos alimentos (algunos son resultado de la guerra). No tienen nada que ver con sus argumentos de restricción o ineficiencias en la producción. Todo lo contrario, buena parte de la inflación se debe a lo que ha dada en llamar la greedflation (“avariflación”), al aprovecharse muchos suplidores de bienes y servicios de las expectativas de inflación para aumentar sus precios, sin que medie aumento en sus costos de producirlos.

Pero tienen esa opinión, y un periódico tan influyente como el Wall Street Journal se hace eco.

Y es simbólico que la ley que se está considerando en el Senado de EE. UU, (agosto 2022) para combatir el cambio climático tiene el nombre de Inflation Reduction Act. ¡Hala!

2. 2.    La lucha contra el cambio climático es la causante del aumento en el precio de la gasolina.

Senador republicano por Arkansas Tom Cotton en declaraciones a cadena CNBC:

“Blackrock y otras gestoras de fondos de inversión han formado un cartel con los que luchan contra los impactos del cambio climático, para oponerse a invertir, y desinvertir, en empresas de combustibles fósiles, lo cual es el causante de los elevados precios de la gasolina”.

Esta argumentación contiene varias falacias. Parece ser poco conocedor de como funcionan los mercados financieros y los de la gasolina. En primer lugar, Blackrock y otros gestores de fondos compran y venden sus acciones en los mercados, para cada comprador un vendedor. Como consecuencia de las transacciones en los mercados financieros las empresas no reciben dinero alguno para hacer sus inversiones.  El financiamiento para sus inversiones de capital proviene mayormente de sus propias ganancias y de préstamos de instituciones financieras, no de nuevas emisiones de acciones en los mercados.

Lo mismo sucede con la desinversión, cuando estos gestores deciden vender las acciones que poseen en estas empresas (que Blackrock no lo hace), se las venden a un comprador, que muy posiblemente le interese más la prosperidad económica de esas empresas y que sea enemigo de la lucha contra el cambio climático.  Si la desinversión ocurriera, podría tener un efecto, muy menor, sobre el valor de las acciones en el mercado lo que potencialmente aumentaría el costo del capital en nuevas emisiones (¡que no hace!).  Pero ello requeriría que se vendiesen grandes cantidades simultáneamente, lo cual no les interesa hacer a los “desinversores” ya que perderían valor de venta y, si lo hacen, venden poco a poco, sin afectar los precios.  Podría tener un efecto sobre el costo de los préstamos al considerarse estos más arriesgados, pero ello ya ha sido incorporado en el costo por las instituciones financieras.

Y más bien es al revés de lo que alega. A principios del 2022 Blackrock anunció que no votará más a favor de resoluciones en las Asambleas Generales de Accionistas en temas de cambio climático, por cuanto tienden a poner restricciones sobre la capacidad de actuación de los consejos y ello van en contra de los intereses financieros de sus clientes.  Para mitigar el efecto reputacional alegan que prefieren negociar sus posiciones directamente.

Y aun si el senador tuviera razón ello no justificaría el aumento del precio de la gasolina, que ha subido en forma muy desproporcionada con respecto al precio del crudo. Hay que recordar que el precio de la gasolina está compuesto en gran parte por el costo de transporte del crudo y la gasolina, de la refinación, de la comercialización y los impuestos.  Y el cambio en el precio no debe ser simultáneo ya que pasan varios meses desde que se paga por un barril de crudo hasta que este se convierte en derivados, incluyendo gasolina y diésel, a nivel de estación de servicio. Es otro caso de greedflation, de aprovechamiento de las necesidades de la población, de los efectos de la incertidumbre alentada por la guerra, más que por los efectos de la lucha contra el cambio climático.

El aumento del precio de la gasolina ocurre durante el 2022 y la lucha contra el cambio climática ya tiene décadas en marcha. Es difícil encontrar causalidad. ¿Tendrá algo que ver la guerra en Ucrania y el aumento del consumo de energía de petróleo y gas en particular tras la recuperación de la pandemia?

Y al aumentar el precio de la gasolina, las empresas integradas verticalmente (extracción, refinación y comercialización) tienen ganancias extraordinarias, lo que les proporciona amplios recursos para expandir su producción sin preocuparse de lo que piensan los mercados financieros. El beneficio neto de estas empresas se duplicará durante el 2022 hasta llegar a US$4 billones (millones de millones). No necesitan préstamos ni emisiones de capital.

Si el senador estuviera en lo cierto y el aumento en los precios de la gasolina fueran consecuencia de la lucha contra el cambio climático estas empresas deberían promoverla ya que, paradójicamente, les conduce a beneficios extraordinarios.

Como en el caso anterior, el senador está muy equivocado. Sn embargo, todos estos argumentos no lo convencerían, aún si estuviera dispuesto a escucharlos.  Pero es senador y vota contra las medidas para mitigar el cambio climático y a favor de las que comentamos a continuación.

3. 3.    Y si hay que prohibir la responsabilidad por ley….

Prohibir la sostenibilidad por leyes, regulaciones y presiones estaduales solo se ve en EE. UU., es ideológico y no es generalizable a otros países, pero es ilustrativo del pensamiento y hasta adonde llegan los opositores.

En un artículo anterior [i] comentábamos algunas medidas que algunos estados estaban tomando para contrarrestar acciones tendentes a la sostenibilidad empresarial y ambiental. Un estado exigía a la calificadora S&PGlobal que dejase de incorporar criterios de sostenibilidad en sus evaluaciones de la calidad crediticia de los instrumentos financieros del estado, tratando de negar el impacto que ello tiene en los riesgos financieros. Un estado aprobó una ley que prohíbe a sus instituciones públicas hacer negocios con instituciones financieras que no financien combustibles fósiles. Y otros dos lo hicieron con aquellas que tengan alguna política o practica que discrimine en contra de los productores de armas y las asociaciones que las promueven.

Lejos de ser caso aislados se está expandiendo a otros temas y otros estados. Durante el 2022 se están considerando más de 44 legislaciones (menos de una docena en el 2021), en 17 estados liderados por el partido republicano, que penalizan políticas empresariales en temas como diversidad, cambio climático, control de armas y acceso al aborto entre otros. 

Los estados de West Virginia y Arkansas han limitado sus negocios con BlackRock por su apoyo a la lucha contra el cambio climático (que como vimos arriba no es que sea muy activista). La empresa se apresuró a enfatizar que continua a invertir en empresas dedicadas a los combustibles fósiles. Y el estado de West Virginia ha prohibido a sus dependencias hacer negocios con Goldman Sachs, JPMorgan, Morgan Stanley and Wells Fargo por dejar de financiar el carbón.

En el estado de Florida, se ha propuesto una ley que limitaría la capacidad de las empresas de requerir a sus empleados que tomen entrenamiento en temas de diversidad, equidad e inclusión, o temas que hagan sentir “culpabilidad” o “angustia” a los miembros de una raza por acciones de discriminación en el pasado. Y está considerando una regulación que prohibiría a los fondos de pensiones del estado de considerar criterios ASG en la selección de sus inversiones, debiendo limitarse a la maximización del rendimiento” (esto fue considerado, a nivel nacional, por el anterior gobierno, pero ha sido revertido por el actual).

Ante la eliminación del derecho al aborto por parte de la Corte Suprema muchos estados gobernados por el partido republicano están activando legislaciones existentes, pero suspendidas, y aprobando nuevas, contra el aborto, lo que ha llevado a muchas empresas a cubrir o compensar los gastos para obtenerlo en estados vecinos donde esté permitido, como parte de sus beneficios sociales. Pero en algunos estados como Texas se está considerando la prohibición de hacer negocios del sector público con empresas que empresas faciliten el proceso.

Los estados liderados por el partido demócrata están considerando medidas en el sentido contrario, de penalizar a empresas por comportamientos que atenten contra la sostenibilidad. Por ejemplo, el estado de Washington está considerando una penalización a las empresas por su contribución a las emisiones, y California está considerando prohibir a sus fondos de pensiones, de los más grandes del mundo, de invertir en empresas de combustibles fósiles. Pero estas medidas palidecen frente a la perseverancia y activismo de los estados republicanos.

4.  4.    ¿En broma?

Un banquero le dijo a los que promueven la responsabilidad ante la sociedad:

El ciclista es un desastre para la economía del país: no compra vehículos, no pide préstamos para comprarlos, no compra pólizas de seguros, no compra combustible, no paga por el mantenimiento del vehículo, no necesita reparaciones (las de la bicicleta las suele hacer el(la) mism@), no paga por estacionamiento, no causa accidentes graves, no necesita autopistas.

No engorda. Los saludables no son necesarios ni útiles para la economía. No necesitan de médicos ni de hospitales, no compran medicamentos.

No añaden nada a al producto interno bruto de la economía.

Por el contrario, cada nueva tienda de McDonald’s crea por lo menos 30 empleos: 10 cardiólogos, 10 dentistas, 10 nutricionistas, además de los trabajan en la tienda, que suelen ser de menores ingresos, y sus suplidores.

Escoge bien: ¿una bicicleta o ir al McDonald’s?

Y los que caminan son todavía peores, ni siquiera compran una bicicleta.

5.  5.    ¡En serio!

Quisiéramos que se cambiara rápidamente de la situación actual a una ideal donde las empresas son responsables, los gobiernos tienen políticas que promueven la sostenibilidad empresarial y la ambiental y la sociedad reacciona favoreciéndolos.  Pero hay que reconocer que el proceso es lento y de muy largo plazo. El cambio que es necesario tiene consecuencias críticas para la economía, el empleo, el crecimiento económico y el mismo bienestar social, y como todo cambio tiene ganadores y perdedores y estos lucharán para impedirlo, como hemos comentado arriba. Es deseable diseñar las acciones de todas las partes para llegar a la situación deseada, pero no podemos pensar que es sencillo. Hay que diseñar además el proceso de la transición, que incluye vencer múltiples obstáculos.

Un buen ejemplo es el cambio necesario de modelo energético actual a uno de cero emisiones. Pero el cambio requiere de transformaciones no solo tecnológicas, que son bien conocidas, económicas que lo son menos, pero además sociales, que son subestimadas. Se crearán muchos empleos, pero se perderán otros, y no todos están capacitados para la transición. Surgirán empresas, pero desaparecerán otras. Es cierto que en el agregado la economía y la sociedad estarán mejor, pero a nivel desagregado, individual, se tendrán impactos sociales y económicos que se deben mitigar. [ii]

En esto debemos aplicar la lección aprendida (¿aprendida?) con el caso de la globalización. La apertura de los mercados de productos y servicios, el libre tránsito de personas, la localización de la producción dende hay ventajas comparativas, etc. contribuyó al progreso económico. Era el argumento que se usaban los expertos, pero que no tomaba en cuenta el impacto sobre grupos de personas afectadas, que no entendían ese lenguaje. Hubo ganadores y perdedores, pero ni los primeros, ni los gobiernos compensaron a los perdedores, lo que llevo al resurgimiento del nacional-populismo, del localismo, de sentimientos antiinmigración, anti multinacionales, entre otros efectos. [iii]   Y llevó al Brexit y a la elección de políticos populistas.

Con esto no queremos decir que no se debe perseguir el ideal, pero hay que estar consciente que el camino no es automático y que tiene consecuencias económicas y sociales que deben ser gestionadas, no ignoradas.



[i] En el artículo Politización de la sostenibilidad: ¡Alucinante! ya habíamos comentado algunas de estas acciones.

[ii] Esto es parte de la razón por la cual en la Unión Europea se ha aceptado considerar la energía nuclear y el gas como parte de la Taxonomía Verde, que no son verdes per se, pero permiten el tránsito del marrón al verde que necesitamos ¿economía khaki?). De la noche a la mañana alcanzar el verde no es ni física, ni social, ni económicamente factible

[iii] Ver el análisis en los dos artículos Populismo, nacionalismo, confianza y responsabilidad de la empresa. 1ª. Parte: El círculo vicioso populismo-desconfianza y 2ª. Parte: La RSE en tiempos revueltos.


miércoles, 27 de julio de 2022

La sostenibilidad empresarial es un juego: The Economist vuelve sus andanzas.

 

El periódico (así prefieren llamarse, no revista) The Economist publicó en su edición del 21 de julio del 2022 un suplemento especial sobre la ASG:  ESG investing. A broken idea Es el tercer suplemento especial que publica en los últimos 17 años, los dos primeros bajo la denominación RSE y este como ASG. [1] Cada uno de ellos ha despertado intensas reacciones por parte de sus lectores y del resto de la prensa especializada. Publicó además un extenso artículo, intermedio, entre un artículo normal y un suplemento especial, sobre el propósito de la empresa con motivo de la revisión del propósito de la empresa por parte de la organización gremial Business Roundtable. [2] [3]

Es uno de los periódicos sobre temas económicos y políticos más influyente del mundo y por ello quien se interesa por el objeto de este suplemento no puede ignorarlo.  En general la posición del periódico ha sido la defensa la de la primacía de los accionistas y que las actividades relacionadas con la responsabilidad de la empresa ante la sociedad son una distracción. La intensidad de su posición ha ido variando con el tiempo, y partir de mediados de la década del decenio reconoció el papel que la empresa debe tener en la sociedad, pero siempre con la mirada puesta en el greenwashing y en los que se aprovechan del entorno para su beneficio. En el suplemento que comentamos en este artículo, se ha recrudecido su escepticismo, tanto del papel de las empresas, pero sobre todo sobre el de la industria que gira a su alrededor.

En este artículo comentaremos los principales argumentos que se hacen a favor, y en contra, pero sobre todo de la industria de que la envuelve y se aprovecha de ella

Advertencia: Usaremos el término ASG porque es el que usa The Economist, aunque la discusión se refiere a la sostenibilidad empresarial (responsabilidad de las empresas) y ambiental (responsabilidad compartida con gobiernos y sociedad) y no a los criterios A, S y G (¡imperfectos, incompletos!) que se usan para evaluar esa sostenibilidad.

I.                Posición de The Economist

El mensaje central y las objeciones están expresadas en el artículo introductorio (leader), que comentamos a continuación. El suplemento contiene además 8 artículos sobre temas específicos que comentaremos más adelante.

Subtítulo: ESG: Tres letras que no salvarán al planeta (Three letters that won’t save the planet). Las letras no salvan al planeta, son las acciones lo que tienen el potencial de hacerlo (perdón querido lector si se me va la mano con el sarcasmo, pero me he contagiado del lenguaje del periódico y no pude resistir la tentación). [4]

Mensaje central:  Ignorar la S y la G y concentrarse solo en la E y limitarlo a Emisiones, no incluir el resto del medio ambiente como agua, biodiversidad, etc.

¿Por qué?: Aboga tres razones, todas ellas ya muy analizadas en la literatura: (1) Porque ASG mezcla demasiadas cosas que hace las compensaciones (tradeoffs) entre los diferentes aspectos del comportamiento imposibles; (2) Que no se puede demostrar que la responsabilidad sea más rentable; y, (3) que hay inconsistencias entre los ratings de sostenibilidad. ¡Nada nuevo!

Otros culpables: En los artículos del cuerpo del suplemento hace críticas a actores que giran alrededor de la implementación de la responsabilidad de las empresas, su ecosistema, [5] en particular de los gestores de fondos, inversionistas, agencias de calificación, dirigentes y reguladores, que analizaremos en más detalle.

El suplemento repite argumentos y ejemplos ampliamente conocidos por los profesionales de la sostenibilidad y no añade nada nuevo al conocimiento, pero es una buena compilación. [6]

II.             Su propuesta es una capitulación.

Su solución:

La solución es sacar la S y la G de la ASG. Son vagas, difíciles de cuantificar y no hay consenso sobre la mejor manera de conducir una sociedad o las empresas. Hay mayor acuerdo sobre los requerimientos para un medio ambiente saludable, y crearlo es ya un reto suficientemente amplio para el sistema financiero sin tener que además resolver todos los problemas de la sociedad y de las empresas. Lo que es más, la E debe concentrarse en las emisiones: un sistema amplio y estandarizado de reporte de las emisiones es mucho más factible que capturar la suma total de las los impactos de la empresas para bien o para mal, sobre el resto de la sociedad. (énfasis añadido).

O sea que la solución es ignorar lo que es complicado y difícil de medir. Y aquí es oportuno recordar aquello atribuido a Einstein: “No todo lo que se puede medir cuenta, ni todo lo que cuenta se puede medir”. [7] Reducir la ASG (la sostenibilidad empresarial y ambiental) a las emisiones seria una capitulación o, siendo benévolos, si no ignorasen la S y la G, sería una separación en dos disciplinas: la física, medible con instrumentos y la humana, el resto de los impactos, subjetivos o no, medibles, pero no con instrumentos físicos. El criterio para The Economist no es relevancia, ni impacto, es capacidad de medición. Se apoya en el lema caduco de la gestión “lo que no se puede medir no se puede gestionar”. ¡Qué estrategia de gestión! [8] Solo falta que digamos que las empresas pueden ser gestionadas por robots/computadores.

Es muy cierto que la correspondiente a la primera parte, la E, es más objetiva, menos sujeta a manipulaciones (pero no exenta) que la segunda, que depende de opiniones, subjetiva, con interacciones entre seres humanos, apoyándose en valores morales, no exentos de emoción, no físicos y de impacto financiero incierto o difícil de evaluar.

Pero este no puede ser un argumento para ignorar un gran número de impactos negativos más allá de las emisiones, por parte de las empresas y las contribuciones que pueden y deben hacer en el entorno que operan. No podemos substraer a las empresas de su realidad humana e institucional, de ser parte de la sociedad y del medio ambiente.

Esto destaca uno de los grandes problemas de utilizar las tres letras, A, S y G como sinónimo de la sostenibilidad como un concepto integral que expresábamos arriba. Es pernicioso. No todo es reactivo, negativo. Expresado en tres letras parece que son tres conceptos separables, independientes, numéricos. Y ello se refleja en las ampliamente conocidas deficiencias de las calificaciones de sostenibilidad usando estos tres criterios, como comentamos más adelante. Se presta a quitar los “incómodos”.  Así de sencillo, como la portada:


Y esto también confirma nuestra aseveración, no obvia, de que uno de los principales enemigos de la sostenibilidad es el cambio climático. En el artículo citado en la nota al pie #5 alegábamos que le restaba atención a la sostenibilidad como estrategia integral de la empresa, en buena parte por ser más universal, más tangible. Ahora podemos añadir el problema de que induce a la secesión.

III.           Análisis de las críticas.

El cuerpo del suplemento analiza las deficiencias de ocho aspectos de la implementación de la ASG. Los considera para respaldar su recomendación de concentrarse en la E y desestimar la S y la G. Si bien, en líneas generales, estamos de acuerdo con las críticas, creemos que no justifican su conclusión sino más bien la necesidad de corregirlas para una consideración integral y beneficiosa para la sociedad y el medio ambiente de las actuaciones empresariales. Su posición es: eliminemos lo que se presta a abuso. La nuestra es: mantengamos lo relevante y eliminemos el abuso antes de rendirnos. La gran mayoría de las criticas las hemos analizado en artículos por lo que no nos extenderemos y referiremos al lector en las notas al pie.

1.      Inversión ASG: Hay que hacer limpieza (ESG investing: In need of a clean-up).

Las críticas en esta sección se refieren a la ligereza con la cual se constituyen fondos de inversión con criterios ASG, la falta de información confiable, la inconsistencia entre las calificaciones ASG y el aprovechamiento de los gestores de la gran confusión sobre lo que es ASG.[9] Son de las críticas más difundidas.  Como ejemplo recuerda los problemas de la gestora DWS que esta siendo investigada por calificación impropia de sus fondos.[10] Para destacar la ironía también cita los esfuerzos de algunas gestoras para que se considerasen los armamentos como socialmente responsables. [11] Implícitamente critica la hipocresía de los gestores e inversionistas que se preocupan del impacto del cambio climático en las finanzas de la empresa y no sobre el medio ambiente. Si bien no lo menciona, es lo que consideran los borradores de los estándares internacionales del ISSB (materialidad financiera), pero no del impacto de las empresas sobre el cambio climático (doble materialidad) como lo proponen los borradores de estándares de la Comisión Europea.

Estamos de acuerdo con estas críticas, pero no ofrece solución alguna. La nuestra es abandonar los criterios ASG como base para la constitución de fondos responsables y hacerlo más riguroso, con los criterios de inversión responsable, que incluyen análisis específicos de los valores a incluir, mucho más allá de la utilización de calificaciones incoherentes y a veces impertinentes, llevadas a cabo por terceros. Nuestra propuesta la hemos hecho en dos artículos y son: (1) moverse de la inversión en base a ASG a hacerlo en base ISR, [12] y (2)  la creación del grado de sostenibilidad para las inversiones. [13]

2.     Gestores de activos: El complejo de la salvación (Asset managers: The saviour complex).

Es un potpurrí de consideraciones sin un denominador común, salvo alegar que la gestión de activos ASG no tiene el impacto que se suele alegar. El centro de las críticas son los esfuerzos de los gestores de fondos de aumentar el volumen de activos bajo administración con el objeto de mejorar sus ingresos por comisiones ya que en los fondos ASG se suelen cobrar montos superiores a los fondos convencionales (50% más en promedio), si bien implican mayores costos, son más rentables. Menciona como paliativo a algunos de los problemas los esfuerzos de la Comisión Europea en exigir mayor transparencia en la clasificación de los fondos y la consideración de los intereses específicos de los inversionistas. También considera el impacto relativo de la desinversión como manera de “penalizar” a las empresas irresponsables, lo cual tiene poco impacto sobre el costo de capital de las empresas. Prefieren mantener las inversiones e involucrarse directamente con los consejos. [14]

En el artículo final ofrece una sugerencia, que es apropiada para esta sección, sobre los gestores de fondos:

Los gestores de fondos deberían ofrecer productos a la medida, que fueran diseñados para cada grupo de inversionistas: fondos de clima para los que estén interesados en reducir las emisiones de carbono, fondos sociales para aquellos interesados en capital humano y fondos de gobernanza para aquellos preocupados por la mala gestión. Si quieren vender productos que pongan la sostenibilidad por encima de las otras consideraciones, deberían ofrecer fondos comercializados como de impacto, sin prometer elevados rendimientos. (énfasis añadido)

En líneas generales la sugerencia es buena ya que permite enfocar la selección de los valores a invertir en base a criterios más concretos, y evita tener, como ahora, el mezclar A, con S, con G, valores que son tienen algo de A, pero poco de S, o malo de G, por ejemplo. Hay ya millares de estos fondos en el mercado, nada nuevo. El inversionista se podría conformar su propia cartera con fondos de los tipos que quiera, A, S y G, en vez de tener que adquirir un fondo consolidado ASG, mezclado por el gestor. Pero permanece el problema de si los criterios A, S o G, reflejan la responsabilidad de las empresas (ver la sección sobre las calificadoras)

Y al implicar que los “fondos de impacto” cubren todo, confunde ya que pueden ser también específicos a A, S o G. Pero lo importante para la inversión responsable es que los “fondos de impacto” pertenecen a una categoría diferente a los fondos ASG, ya que seleccionan los valores/proyectos en función del impacto esperado a posteriori, con compromiso por parte de los gestores, no en base a criterios numéricos, genéricos, que supuestamente tienen esos valores ex ante. Pertenecen a la categoría ISR, de nuestra propuesta en la sección anterior.

3.     Comisiones de los fondos ASG: Como cobrar más (ESG fund fees: How to charge more).

Este artículo reitera el precedente sobre la presión de los gestores para colocar fondos con criterios ASG para mejorar sus ingresos ya que suelen tener mayores comisiones. Nada destacable.

4.     Inversionistas: El cálido resplandor (Investors: The warm glow).

Por el título se podría suponerse que se trataría sobre la motivación de invertir en fondos ASG para sentirse mejor, pero en realidad es un análisis sobre los rendimientos relativos de estas inversiones versus las convencionales. El subtítulo lo resume muy bien “es un mito que las inversiones ASG rinden más. No puedes tenerlo todo”.  Hace una comparación, a nivel de EE.UU., Europa y el agregado mundial de los rendimientos en los tres años del 2020 y lo que va del 2022.  Es muy oportuno que considere períodos de subidas y bajadas generalizadas en las bolsas. La principal conclusión es que en la época de bonanza los fondos ASG tendieron a obtener mejores rendimientos, pero en la bajada lo tuvieron los convencionales.  La explicación está, en parte, en las mayores proporciones de inversiones en empresas que rinden más en épocas de crecimiento económico, como las tecnológicas, y menores en empresas que son consideradas irresponsables por algunos fondos como las de combustibles fósiles. También recuerda que las calificaciones de sostenibilidad son genéricas, mecánicas, y muchas veces no reflejan los aspectos materiales y que un estudio demostró que las empresas que se concentran en los aspectos que le son materiales sí rinden más.[15]

Habíamos analizado lo mismo, con la misma conclusión en un artículo publicado antes de conocer este. Concluíamos que las diferencias en rendimientos se deben a varios factores, uno de ellos es la sostenibilidad de los valores incluidos, pero hay otros como las proporciones invertidas en los diferentes sectores industriales que no suelen ser separados en los análisis, por lo que la atribución de la diferencia solamente a las calificaciones de sostenibilidad (¡que no la reflejan!) es dudosa. [16]¿Son las empresas responsables más rentables o por ser rentables son más responsables? Al final todo puede atribuirse a la calidad de la gestión. [17]

En efecto, las inversiones ASG no siempre rinden mas en bolsa. La comparación adolece de muchas deficiencias. Pero ello no es un argumento en contra de la responsabilidad, como insinúa el artículo.  No distingue algo clave como lo es el impacto en la rentabilidad a nivel de empresa individual, cuya sostenibilidad es determinable, de la rentabilidad en bolsa de fondos que contienen de todo, con valores seleccionados de acuerdo con criterios dudosos.[18]

5.     Empresas: Internalizando las externalidades (Companies: Internalizing the externalities).

El artículo expresa la preocupación por el impacto de las emisiones en el cambio climático, en línea con el objeto del suplemento: Concentrarse en la E y en ello en las emisiones. En este caso si ofrece recomendaciones, aunque no las llame así.  Hace un llamado a la medición y reporte de las externalidades negativas relacionadas con las emisiones y, sorprendentemente para The Economist, un llamado a la obligatoriedad del reporte de las emisiones via regulaciones. Y recomienda su tema favorito: ponerle un precio al carbono, o sea, que los emisores paguen por su impacto. Con ello debería haber una tendencia, en el largo plazo, al menor consumo de productos y servicios que contribuyen más, que se encarecerían, en favor los que contribuyen menos, por ejemplo, de combustible fósiles a energía renovable. Ya existen en algunos países regulaciones como permisos de emisión (cuotas), que son comercializables en los mercados, de los que no los necesitan a los que quieren emitir más de su cuota. Pero ponerle precio al precio del carbono puede ser más efectivo, aunque es políticamente complicado, sobre todo en la transición.  Ha sido probado en algunos países como Australia y provincias de Canada, con lo que recaudan recursos financieros que pueden ser invertidos, por ejemplo, en actividades de mitigación de los impactos del cambio climático o en compensa a los segmentos de la población más afectados por el cambio. La Unión Europa, que tiene regulaciones que limitan las emisiones, está considerando poner un arancel a las importaciones por su contribución a las emisiones, procedentes de países que no gravan esas emisiones, para contrarrestar los costos adicionales que representa las regulaciones para los productores locales.

6.     Agencias de calificación: La señal y el ruido (Rating agencies: The signal and the noise).

Y aquí mi tema favorito: los efectos perniciosos de las calificaciones ASG para la sostenibilidad empresarial, sobre las inversiones responsables y el mal nombre que le dan a la sostenibilidad empresarial.[19] Pasa revista a las deficiencias de las calificaciones y las diferencias de criterios entre las diferentes agencias. Cada calificadora tiene su modelo de lo que cree es importante, que muchas veces no es lo material para la empresa. [20] Como respaldo mencionan un estudio, muy citado, que demuestra la baja correlación entre las diferentes calificaciones, como indicador de su poca confiabilidad y lo contrasta con la alta correlación de las calificaciones de crédito. [21] Menciona, pero no respalda explícitamente, los esfuerzos de algunas instituciones supranacionales y nacionales en regular estas calificaciones, a pesar de la oposición de las calificadoras.  Que es una posible solución al impacto pernicioso de las calificaciones. [22]

7.     Los reguladores: Arrastrando su misión (The regulators: Missionary creep).

En la edición del 7 de junio se había publicado el artículo What’s gone wrong with the Committee to Save the Planet? como un adelanto del suplemento, donde se criticaban las actividades de un (inexistente) “comité” de CEO, bancos centrales y gestores de fondos para promover la sostenibilidad del planeta: los CEO por opinar sobre “temas que no son centrales a sus gestión”, a los bancos centrales por pretender tomar en consideración el “comportamiento ambiental en  implementación de sus programas de apoyo a la deuda pública” y a los gestores de fondos por “considerar otras cosas que no sean la maximización de los rendimientos financieros para sus clientes”. Ojalá las actividades de este “comité” fueran efectivas, pero son muy tímidas, a pesar de lo que diga The Economist.

 Pero en este suplemento es menos cínico y es favorable a la intensificación de las regulaciones, sobre todo en temas de diseminación de información sobre los impactos de las empresas en el cambio climático, aunque no toma una posición firme. Nos recuerda la crítica a los economistas en el sentido de que sus posiciones son: “por una parte……pero por otra”. Pero solo le preocupa el tema ambiental.

 Ve con mejores ojos los esfuerzos de Europa que los de la SEC en EE. UU. El primer caso se desenvuelve dentro del contexto de la Comisión Europea, que, si bien debe responder al Parlamento, están ambos más en sintonía, que en EE. UU, donde la SEC tiene la oposición, férrea en estos temas, del partido republicano y de los gobernadores de los estados que controla. De cualquier manera, ante la intensificación de los impactos y del interés por parte de la sociedad y de las mismas empresas de tener reglas claras, es muy probable que las acciones, los impactos y su información sean regulados en el corto plazo. 

8.      El futuro de la ASG: Medir menos pero mejor (The future of ESG: Measure less, but better).

El último de los artículos es un llamado a la mejora de la información y a su regulación, y refuerza sus argumentos anteriores que se debe concentrar en medir, y por ende actuar, sobre lo que es medible con mayor confiabilidad, lo físico, lo tangible, o sea la E, y de esto las Emisiones, lo que facilitaría la implementación del precio del carbono como medida para cambiar patrones de consumo.

Alega que el “conjunto ASG no es un buen instrumento de medición ni de gestión de riesgos……que está infectado por juicios de moral” y contrapone su medición con la de la contabilidad financiera, “que es un modelo de claridad, que evita juicios morales e influencias políticas.

Estas frases que parece inocuas contienen una bomba: no se deben incluir juicios morales ni consideraciones políticas. Es un exabrupto proponer suspender los juicios de moral, que no es lo mismo que ideología, en algo que afecta negativamente a la sociedad y de manera muy diferencial a grupos de sus integrantes y pretender que las decisiones en la sostenibilidad del planeta se pueden tomar con criterios estrictamente economicistas de costo beneficio de lo medible. Una cosa en no permitir la interferencia de la política partidista, en cosas que afectan a la sociedad entera, cuyo efecto pernicioso está en evidencia en EE, UU. y otra son las consideraciones de Política, con P mayúscula, necesaria en algunos casos para resolver conflictos de intereses.

¿Solo lo medible, decisiones economicistas, ignorar la moral y la política?: Un sesgo que los descalifica.

IV.           “No tires el bebé con el agua sucia del baño”.

Muchas de sus objeciones son válidas, pero no señalan el camino. La solución no es hacer la secesión de la E y menospreciar el impacto sobre la sociedad de la S y la G.  La solución es reformar lo que es contraproducente, mucho de lo cual lo ha puntualizado el suplemento, y sobre lo que hay consenso en los promotores de la sostenibilidad.

Muchos de los integrantes de la industria alrededor de la sostenibilidad empresarial tienen incentivos perversos de mejorar su cuota de mercado y sus beneficios, que muchas veces son incompatibles con la promoción de la sostenibilidad. Las calificadoras tienen un interés en promover sus modelos, no en la uniformización de criterios. Las consultoras en mejorar su negocio, las proveedoras de información no tienen interés en la simplificación ni en la consolidación, los asociados con el reporte de la información tampoco tienen interés en la consolidación, hay más negocio en la diversidad. Los analistas financieros tienen interés en simplificarse el trabajo por lo que los criterios ASG, perniciosos, y las calificaciones de terceros, aceptadas ciegamente, les son muy útiles. Los gestores de fondos tienen interés en la expansión del mercado, creando todo tipo de instrumentos, supuestamente responsables, para mejorar su cuota de mercado, independientemente de la contribución de ellos a la sostenibilidad. Hemos analizado estos incentivos perversos en más detalle en los artículos sobre los trece enemigos de la sostenibilidad (nota al pie#5) por lo que solo los hemos puntualizado.

Ante esta situación del mercado de la responsabilidad afortunadamente hay un fuerte movimiento contra el greenwashing y a favor de la transparencia por parte de los reguladores. Se están desarrollando estándares de reporte que promoverán la transparencia y la honestidad, se están considerando propuestas para la regulación de las calificadoras de sostenibilidad, se están desarrollando propuestas en Europa y en EE.UU. sobre la transparencia en la información sobre productos de inversión, llegando inclusive a exigir a los gestores de fondos el analizar el conocimiento y preferencias por parte de los inversionistas (hoy muy abusados), se están preparando regulaciones sobre las denominaciones de los fondos y sus requerimientos de composición. Pero la misma Comisión Europea no ayuda mucho al enfatizar en todo esto el cambio climático, en detrimento de lo social y de gobernanza (hay taxonomía verde pero la social y la de gobernanza están en sus comienzos, se preparan reglas más estrictas para los bonos verdes, pero no para los sociales y sostenibles).

Esto no resolverá todos los problemas, siempre quedará la ambigüedad de lo que es sostenibilidad y la diversidad de necesidades informativas por parte de los involucrados (véase, por ejemplo, la diferencia entre los estándares en preparación por parte del ISSB y de la Comisión Europea sobre la materialidad financiera y de impacto [23]) y por la sociedad en general, pero la dirección es estimulante.

Y después de todo el énfasis en la separación de la E de la ASG insinúa una posición conciliadora:

A pesar de todas sus deficiencias puede ser mejor reformar que desechar la ASG. En su esencia es una misión crucial en la lucha para mejorar el capitalismo y mitigar el cambio climático: hacer a las empresas y sus dueños responsables por las externalidades negativas, por el impacto de la producción y consumo de sus productos sobre terceros, tales como la atmósfera. Al forzar a las empresas a reconocer las consecuencias involuntarias de muchas de sus actividades, la teoría es que tendrían un mayor inventivo para arreglarlas. (énfasis añadido).

Interesante, pero el texto no se refiere a la ASG, define la sostenibilidad empresarial (diferente a la posición en otras partes del suplemento, como si fuera escrito a varias manos).

Y más que sacar la E de la ASG lo que hay que hacer es deshacerse de toda la ASG. El nombre y lo que conlleva es pernicioso. Debemos cambiar de la utilización de criterios de calificación a la utilización de objetivos a ser logrados. La inversión de impacto y los bonos verdes sociales y sostenibles, que establecen los objetivos a lograr y se comprometen a hacerlo, son un buen ejemplo de la dirección a seguir en la selección de las inversiones. Y The Economist está de acuerdo con la eliminación, aunque no ofrece alternativa:

Idealmente el término ASG debería ser eliminado. Es una amalgama de tres palabras, medio ambiente, social y gobernanza, que suena más a un mantra piadoso que una fuerza para el cambio, su reputación esta ahora mancillada. (énfasis añadido)

V.              Adendum: Lo ignorado

Y como dicen en inglés: ignoramos el elefante en la sala.  Muy poca de la discusión en el mercado de las inversiones responsables, y nada en este suplemento, se centra en el impacto real, sobre el terreno, de esas inversiones, sean ASG, o mejor, ISR. Parecer como si el impacto fuera automático.  Y es que los inmensos volúmenes de inversiones en los fondos no tienen impacto directo sobre la sostenibilidad. Los valores se transan en los mercados financieros secundarios, de comprador a vendedor, sin que las empresas reciban recursos financieros de todo el inmenso volumen de fondos y de transacciones. Solo en los contados casos de emisiones primarias, de acciones y de bonos verdes sociales y sostenibles, las empresas reciben recursos para sus inversiones con las que pueden tener impacto… si las invierten en actividad de sostenibilidad. Y por supuesto, el nicho de mercado de inversiones de impacto, constituido con ese propósito.  Hay un efecto indirecto y es el que todo esto puede estimular a la responsabilidad empresarial al querer la empresa ser partícipe de estos mercados, por reputación, por ampliar la liquidez de sus valores o por un eventual impacto en una reducción de su costo de capital (lo que no se ha demostrado de forma concluyente) Recomendamos al lector interesado en este tema ver algunos de nuestros artículos. [24]

 



[1] En los 14 años del blog hemos publicado cuatro artículos comentado artículos de The Economist sobre la RSE. Uno de ellos inauguraba el blog, el 19 de enero del 2008, La conversión de The Economist, donde comentaba la moderación de su opinión sobre la responsabilidad empresarial en un informe especial semejante al que comentamos ahora, How Good should your business be?, del 17 de enero 2008.  En primero de su serie, The Good Company: A Skeptical look at Corporate Social Responsibility, 22 de enero del 2005 fue sumamente crítico sobre la responsabilidad empresarial, y despertó una gran reacción entre los académicos y profesionales del tema, y eventualmente una moderación de su opinión. Sobre los dos suplementos y demás artículos publicados en el periódico he escrito además: The Economist, Porter y Kramer y la RSE, 13 marzo 2011, El papel de la empresa en la sociedad: Por qué The Economist y Warren Buffett están equivocados, 22 marzo 2020, Friedman, The Economist y la perpetuación del pasado, 19 septiembre 2020.

[2] What are Companies for: Big business is beginning to accept broader social responsibilities, 24 agosto 2019. En este hicieron un análisis de muchas de las posiciones sobre el tema, de una manera mucho más equilibrada que en los tres suplementos. Incluyó además un video de 24 minutos.

[4] Reflejado en el lenguaje que usa. Por ejemplo: la integración de la ASG en el análisis de inversiones responsables va “de alharaca a estupideces”, la inversión responsable es “un negocio que comenzó con clérigos en sandalias haciendo inversiones éticas”, la inversión responsable es “bombo publicitario, mareo de relaciones públicas y promesas hipócritas”, las empresas de contabilidad están contratando aceleradamente al acercarse la gallina de los huevos de oro” y las regulaciones son una “garantía de pleno empleo para contadores y consultores”.

[5] En los dos artículos, de abril de 2021, Los trece enemigos de la RSE(C): Los primeros seis y Los segundos siete analizábamos este ecosistema y sus incentivos para llegar a conclusiones muy similares a las que llega el periódico en este suplemento.

[6] La prueba de que no dice nada nuevo está en esta extensa lista de notas al pie donde en el pasado he analizado casi todas sus observaciones (lector: perdona mi arrogancia).

[8] En función del “menosprecio” que se le dan a la S en el artículo La “S” de la ASG: ¿Qué es? …. aparte de ser la cenicienta del grupo proponíamos una revaluación de su impacto.

[21] Este mismo análisis lo habíamos hecho en ¿Tienen tus inversiones ASG “grado de sostenibilidad”?

[24] Ver ¿Tiene el financiamiento sostenible impacto sobre la sostenibilidad? Primera parte: Inversiones financieras  y Segunda parte: Inversiones reales