sábado, 25 de mayo de 2024

Dos falacias y una utopía del financiamiento sostenible: Recursos disponibles para la inversión e impacto en la sostenibilidad

  

De amplia difusión en medios especializados en la sostenibilidad empresarial y ambiental son los (supuestos) elevados volúmenes que se están dedicando a su financiamiento.  Son destacados en los titulares. Se reportan miles de millones de dólares o euros en emisiones de bonos verdes, sociales y sostenibles, BVSS, los ligados a la sostenibilidad, BLS y más recientemente los bonos que financian la transición hacia la sostenibilidad, BT. Se reportan miles de millones de dólares o euros en transacciones en los mercados financieros y en la magnitud de las carteras de los fondos de inversiones dedicados a la sostenibilidad. Y lo mismo sucede con los préstamos de instituciones financieras.  



Emisiones anuales de bonos sostenibles [i]

Volúmenes de bonos sostenibles en circulación


Emisiones de bonos sostenibles, en países desarrollados y emergentes[ii]


Volúmenes de fondos sostenibles bajo gestión [iii]          Nuevas emisiones de fondos

 Estos números despiertan gran interés entre los profesionales de la sostenibilidad por dos razones, primero porque demuestra la relevancia e importancia de sus tareas y segundo porque a todos nos atraen los grandes volúmenes de dinero. [iv] Pero lo grave de estos elevados volúmenes es que se estimula una creencia de que estos recursos contribuyen efectivamente a mejorar la sostenibilidad del planeta y de la sociedad.  En el mejor de los casos, es una pequeña parte de algunos de estos volúmenes los que se invierten en mejorar esa sostenibilidad. 

Esta creencia contiene dos grandes falacias en el mecanismo de transmisión de financiamiento a impacto, una es sobre el volumen real destinado a esas inversiones y la otra es el impacto que tienen estas inversiones, lo que analizamos en este artículo.  El objetivo NO es analizar las cifras, es analizar su supuesta contribución a la sostenibilidad.

I.                Primera falacia: Recursos disponibles para la inversión.

Para facilitar la comprensión dividiremos la discusión de estos volúmenes en dos partes: mercado primario y mercado secundario.  [v] El primero comprende la canalización de recursos de los mercados financieros a lo que pueden ser inversiones reales en sostenibilidad, en tanto que el segundo se refiere a los volúmenes que se transan y gestionan en los mercados financieros con la denominación de sostenibilidad.

a.     Mercados primarios de financiamiento sostenible

En este mercado se cuentan las transacciones financieras de recursos de los ahorristas e inversionistas, directa y, mayormente indirectamente a través de instituciones financieras, destinadas a inversiones reales, tangibles (construcciones, equipos, servicios, etc.). Las modalidades más utilizadas son los préstamos de esas instituciones, públicas y privadas, y las emisiones de valores negociables por parte de empresas, instituciones o gobiernos, como lo son los instrumentos de endeudamiento y las acciones. 

Si bien hay empresas o emprendimientos que recurren a préstamos bancarios y a emisiones de capital para financiar inversiones que mejoran la sostenibilidad, la gran mayoría se hacen a través de las emisiones de instrumentos de deuda, en general los BVSS, los BLS y los BT. [vi] Se pueden emitir bonos genéricos, tradicionales, y usarlos para estos propósitos, pero lo común es lo contario, emitir bonos “verdes”, y usarlos, por lo menos en parte, para propósitos genéricos (greenwashing), y con ello obtener beneficios reputacionales y, en casos excepcionales, un menor costo. Las emisiones de capital se suelen concentran en nuevos emprendimientos, constituidos para este tipo de inversiones.

En términos del posible impacto sobre la sostenibilidad del mercado primario es conveniente distinguir entre el mercado bancario y el mercado de capitales. En el mercado bancario operan las instituciones financieras (bancos comerciales y bancos de inversión) a través de instrumentos de préstamo. Cuando estas instituciones califican estos préstamos como “sostenibles” puede querer decir simplemente (1) que las empresas objeto de los préstamos han sido consideradas como “sostenibles” lo cual no que decir mucho, en general quiere decir que no causan obvios daños. Como un paso adelante, (2) estos préstamos pueden condicionarse al logro de algunas metas sociales o ambientales, como se hace con los bonos ligados a la sostenibilidad, pero ello no quiere decir que los recursos deban ser destinados a financiar estas mejoras. Si así se hiciere, este (3) sería el mayor nivel de potencial impacto de estos préstamos.  Lo más común es el segundo nivel, el de condicionalidad, que tiene un efecto indirecto.

El mercado primario de valores sostenibles está constituido por las emisiones de valores negociables, acciones y mayormente instrumentos de endeudamiento como los bonos que tienen destino o condicionalidad ligado al logro de metas de sostenibilidad. Los aumentos de capital de empresas existentes no suelen ser destinados a actividades de sostenibilidad, suelen ser para las necesidades genéricas de la empresa y aumentar su capacidad de endeudamiento. Son las emisiones de acciones de empresas o emprendimientos constituidas para financiar inversiones sostenibles (por ejemplo, para energía eólica o solar) que sí son destinadas específicamente a estos fines.

Las emisiones de deuda suelen ser en su mayor parte emisiones de BVSS.  Los bonos ligados a la sostenibilidad, BLS, son para financiar las necesidades generales de la empresa y no tienen el compromiso de financiar actividades de sostenibilidad, solo de lograr algunas metas relacionadas (y para colmo los BLS pueden ser emitidos por empresas con grandes irresponsabilidades [vii]). Son los BVSS los que pueden contribuir a inversiones sostenibles, pero aun cuando hay obligación contractual, no suele ser total y pueden invertir parte de los recursos en otras actividades. 

Adicionalmente hay que destacar que se ha puesto de moda denominar como BVSS a los bonos que se emiten para financiar actividades que antes lo eran con bonos genéricos. Un buen ejemplo es el caso de Francia que, para mostrar su compromiso con los Acuerdos sobre Cambio Climático acordados en París, emitió un bono verde, destinando sus recursos al financiamiento de actividades ambientales que se venían financiando con el presupuesto del estado, con el endeudamiento tradicional.  Solo cambiaron el nombre de la fuente de financiamiento, para parecer que hacían “inversiones verdes”. Lo mismo hizo la Comunidad de Madrid con sus bonos sociales. [viii] Lo critico es no solo es el destino de los recursos sino además su adicionalidad. Si antes ya se hacía, pero ahora se califican como verdes, no quiere decir que hay más inversiones verdes, hay más nombres verdes.

Y aun en esto falta ver si las inversiones que fueron incluidas en los prospectos de las emisiones de valores terminan siendo sostenibles y logran una mejora en la sostenibilidad (ver la sección III). 




b.     Mercados secundarios de financiamiento sostenible.

Estos mercados están constituidos por los fondos de inversiones que usan la denominación de sostenibles, aunque ello no quiere decir que sus recursos están invertidos en actividades que se pueden considerar sostenibles. La calificación es muy difusa. También para facilitar la comprensión dividiremos este mercado en dos partes: (1) volúmenes de las carteras de los fondos bajo gestión, y (2) crecimiento de las carteras (nuevos fondos).

1.      Volúmenes de las carteras.

Se refiere a los activos gestionados por los fondos con denominaciones relacionadas con la sostenibilidad.  Estos volúmenes suelen en los miles de millones de dólares o euros, pero ello no quiere decir que estos montos se hayan invertido en actividades que mejoran la sostenibilidad. Y, es más, estos fondos adquieren valores y los bancos dan préstamos a empresas con dudosa responsabilidad. Según un estudio el 43% de los fondos que se autodenomina “sostenible” invierten en carbón, gas o petróleo. [ix] Un reciente estudio encontró que casi la mitad de los fondos de inversión europeos con términos ambientales en sus nombres no cumplen con las nuevas disposiciones sobre nombres de fondos de la Asociación Europea del Mercado de Valores, ESMA, [x] y deben ajustar sus composiciones o cambiar de nombre. Algo parecido sucede con los bancos comerciales. [xi] 

Estos fondos se han expandido con los recursos de inversionistas al adquirir instrumentos negociables, que tienen alguna caracterización de sostenibilidad, en los mercados secundarios de capital y deuda. Se los compran a un vendedor que ya los posee (individuos, bancos, otros fondos) por lo que es una transacción que no agrega nada a la sostenibilidad, es un cambio de propietario.  Algunos fondos adquieren estos valores en los mercados primarios, por ejemplo, adquiriendo parte de una emisión de BVSS y en este caso el emisor sí contribuye, siempre y cuando haya destinado los recursos específicamente a ello, pero no el fondo que compra los valores en el mercado secundario.

En la gran mayoría de los casos los fondos adquieren valores que han sido catalogados como sostenibles, pero no porque hayan hecho inversiones  sostenbibles, sino porque alguien los ha calificado o recalificado como tales. Por ejemplo, una empresa que tiene valores negociables (acciones y bonos) que son transados en los mercados secundarios pide una calificación de sostenibilidad a una calificadora.[xii] Al obtenerla es elegible para que un fondo “sostenible” agregue esos valores a su cartera.  Pero los recursos que los fondos de inversiones sostenibles dedican a ello no conducen a nuevas inversiones en actividades de sostenibilidad. [xiii] En todo caso lo hacen los emisores de los valores cuando destinan los recursos obtenidos en la emisión en actividades sostenibles que hemos comentado arriba en los mercados primarios. Se debe evitar el doble conteo.

Un ejemplo muy paradigmático de esto se presenta en el informe de la asociación que promueve la Inversión Sostenible y Responsable en España, Spainsif, sobre las inversiones socialmente responsables en España, donde presenta los montos de la inversiones en diferentes categorías de fondos, que salvo excepciones no contribuyen a inversiones en mejorar la sostenibilidad. [xiv] Gran parte de los recursos de los fondos que se autodenominan “sostenibles” se han invertido bajo el criterio de exclusión, o sea excluyen empresas, por ejemplo, en armamento, tabaco, alcohol, apuestas y combustibles fósiles (aunque hay muchos fondos que no las excluyen las de este último sector).  Y esto, obviamente, no garantiza que las empresas incluidas en los fondos sean responsables, pero sí quieren dar esa impresión.

Si bien esta compraventa por parte de los fondos de inversiones no contribuye a mejorar la sostenibilidad, pueden hacerlo indirectamente cuando, como propietarios de los valores, ejercen sus derechos y presionan a las empresas para que sean más sostenibles. Hay algunos fondos activistas que promueven acciones vía las asambleas generales de accionistas o a través de interacciones directas con los miembros de los consejos. [xv] El efecto que pueden lograr no está en las cifras mencionadas.  Los más activistas suelen ser fondos de pensiones, sobre todo de empleados públicos, de fondos de inversión de impacto, de gestión de fortunas familiares y de gobiernos, que tienen entre sus objetivos la promoción efectiva de la sostenibilidad, no solo la rentabilidad.  Son más efectivos en Europa, donde las regulaciones y políticas son conducentes a ello, que en EE.UU. donde el activismo que prevalece es el de maximización de beneficios y sobre todo ante el movimiento anti-ASG. [xvi]




          2.     Aumento de las carteras de los fondos de inversión sostenible.


Algunos fondos de inversiones, sobre todo los que tienen estrictos criterios de inversión, los de pensiones y los de gestores de riquezas personales reciben periódicamente recursos frescos de los ahorristas e inversionistas para que sean invertidos en valores negociales sostenibles. Pero de nuevo, la gran mayoría se dedican a adquirir valores negociables ya existentes en los mercados, se los compran a otros fondos o inversionistas por los que no representan recursos adicionales para la sostenibilidad.  Sin embargo, en los casos de los fondos mencionados en el párrafo precedente, los nuevos recursos se suelen destinar específicamente a hacer inversiones sostenibles, en particular los fondos de inversión de impacto que suelen financiar nuevos proyectos y participar en su gestión responsable, o los que adquieren valores en los mercados primarios que han sido emitidos específicamente para financiar actividades sostenibles, como por ejemplo los BVSS. Los nuevos recursos invertidos sí contribuyen a la mejora de la sostenibilidad, pero hay que tener cuidado con el doble conteo y no contar como parte del financiamiento sostenible, las inversiones que dieron lugar a estos valores y su adquisición por parte de los fondos.

II.             Resumen de la primera falacia

Los valores del financiamiento sostenible que pueden (y no es seguro) contribuir a la sostenibilidad son aquellos destinados específicamente a inversiones sostenibles en el mercado primario de valores negociales y los préstamos de instituciones financieras (aunque estos no se suelen dedicar totalmente a ello). Los recursos transados en los mercados secundarios no representan contribuciones a la sostenibilidad. Los montos de las carteras de los fondos calificados como sostenibles han contribuido solo en parte al financiamiento de actividades sostenibles y ello solo cuando lo ha hecho en los mercados primarios, pero que ya estaban contabilizados en las emisiones, y en mucho menor medida cuando han logrado cambiar las actuaciones de las empresas cuyos valores posee vía el activismo.

III.           Segunda falacia del financiamiento sostenible: Impacto sobre la sostenibilidad de las empresas

Y aun la parte de los fondos de los mercados financieros sostenibles que se dedican efectivamente a inversiones en actividades sostenibles no necesariamente logran impacto, en el sentido de logar cambios sostenibles en la sostenibilidad ambiental y social. Los prospectos de la emisiones de valores sostenibles y los informes relacionados con el financiamiento sostenible suelen usar la palabra impacto para indicar que afectan de alguna manera aspectos de sostenibilidad. En este sentido es oportuno distinguir entre “efecto” e “impacto”. En un artículo sobre el tema decíamos: [xvii]

Desde el punto de vista ortográfico las dos palabras son iguales. Es un homónimo. Y allí el problema. En la disciplina de la sostenibilidad empresarial usamos la misma palabra “impacto” para referirnos a dos consecuencias distintas de las actividades de las empresas, y me atrevo a decir que son muy pocos los que no los usan indistintamente, incorrectamente.

Paro hay dos acepciones de la palabra impacto. En un primer caso es sinónimo de “afectado”, como se afecta. En el segundo caso es sinónimo de cambio logrado, cuando logran o lograrán cambios para bien, idealmente en el valor creado, cuantificable o no, y eliminan, reducen o mitigan la destrucción de valor. Y no nos referimos a valor financiero, aplica a cualquier tipo de valor.


La acepción de afectar es utilizada urbi et orbi: el documento sobre los estándares de reporte en la Unión Europea, la menciona casi 1 200 veces en 284 páginas. La otra acepción, la de cambio logrado para bien es, lamentablemente, usada muy pocas veces, pero es la que refleja la verdadera sostenibilidad empresarial. 

 Ilustremos la diferencia con un ejemplo de bono social.  Se dice en el prospecto que el objetivo esmejorar la educación primaria para lo que se dedicarán X millones a ello (que no es un impacto, es un insumo), y que se construirán Y número de escuelas (que no es un impacto, es un producto), que se educarán a Z miles de alumnos (que no es un impacto, es un resultado). Si el objetivo es la mejora de la educación primaria el impacto debe ser la mejora, determinado, por ejemplo, con la diferencia entre lo que alumnos aprendían antes y lo que ahora, o sea el cambio logrado, el valor agregado. Y su fuéramos más estrictos el impacto será la mejora en la calidad de vida como consecuencia de la mejor educación (para otros ejemplos, ver En sostenibilidad empresarial, ¿Tiene impacto el impacto?).

No queremos implicar que la medición de impacto es fácil, a veces solo se puede apreciar en el largo plazo, es costosa y a veces poco práctica hacerlo. El argumento sin embargo es válido, el impacto es el cambio de valor logrado, añadido, o hecho más positivo o menos negativo. Es lo que debe perseguir con el financiamiento sostenible

Pero estos bonos se jactan del impacto que han tenido por construir X escuelas o tener la presencia de Z miles de alumnos. Han afectado, pero no han impactado. 

IV.            Y una utopía

Según el diccionario de la RAE:

Utopía: Plan, proyecto, doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización.

Ojalá pudiéramos asignar los recursos financieros en función del impacto que tendrán en la sostenibilidad ambiental y social y no como ahora que es en base a falacias y efectos. Ojalá.

Pero es claro que es una utopía: establece el ideal, pero ignora el trayecto, obstáculos a vencer, intereses creados, recursos necesarios, velocidad y profundidad del cambio.  Si se considera todo esto se llega a la conclusión de que el logro no es factible, pero por lo menos indica la dirección del camino a recorrer. [xviii]

V.              En resumen

Son muy elevadas las expectativas de que el financiamiento sostenible contribuye a mejorar la sostenibilidad social y ambiental, a través del cual se juntan las necesidades de las empresas e instituciones para satisfacer las exigencias y necesidades de la sociedad, con las fuentes de financiamiento de inversionistas y ahorristas a través de la intermediación de los mercados financieros, que quieran asignar sus recursos a estos fines. Son múltiples los instrumentos que se han diseñado para la intermediación.  Sin embargo, como se ha podido observar en la discusión precedente son solo una parte de los recursos que se movilizan en los mercados financieros relacionados con la sostenibilidad los que en efecto son invertidos en actividades directamente relacionadas con aquella mejora.

Este mercado del financiamiento sostenible adolece además de exageraciones sobre la sostenibilidad de sus actividades, extrapolando las contribuciones de alguna parte de los recursos como si aplicaran al total.  Es el caso de las empresas que, aunque sean clasificadas por algunas instituciones somo sostenibles, tienen actividades que no son, algunas hasta llegando a tener impactos negativos no mitigados.  Es el caso de las inversiones físicas financiadas por ejemplo con bonos calificados como sostenibles cuya contribución real es inferior al volumen nominal.  Es el caso de los fondos de inversiones calificados como sostenibles que invierten en todo tipo de empresas y extienden el uso de la denominación basándose en una parte de sus carteras que puede legítimamente ser denominada como tal. Y aun en caso de la porción de todo esto que sí afecta la sostenibilidad social y ambiental el efecto puede no llegar a logar un cambio positivo en el valor de los capitales ambientales y sociales.

Es lo que hemos querido expresar en las dos falacias del financiamiento sostenible.

Y los objetivos de ambas partes del mecanismo de transmisión entre recursos e impacto, entre los aportantes de recursos para la sostenibilidad y los intermediarios, no siempre son congruentes.  Entre los primeros hay aportantes que persiguen legítimamente mejorar la sostenibilidad, pero hay otros que están más interesados en aparecer como tales. Y lo mismo sucede con los intermediarios, los cuales tienen no solamente el incentivo reputacional sino además uno financiero, vía los ingresos que reciben por la intermediación, lo que los lleva a querer maximizar los volúmenes que se denominan como sostenibles. Y todo esto con la participación activa de la gran industria de servicios de consultoría y gestión de información que rodea esa intermediación, que tiene incentivos semejantes.  Dos caras de la moneda del greenwashing.

Afortunadamente una parte del mecanismo de transmisión esta legitimante interesada en la mejora de la sostenibilidad y los reguladores están haciendo grandes esfuerzos para esa parte sea cada vez mayor.

Y como corolario de esta discusión se puede deducir que es imposible determinar, no solo la cantidad de recursos que se destinan al financiamiento (verdaderamente) sostenible, pero mucho menos la contribución que hacen a la mejora de la sostenibilidad ambiental y social. Lo que es cierto es que esto es una pequeña parte de aquellos miles de millones.

Y la utopía es una gran utopía, pero muestra el camino a seguir.

 


[i] Fuente: Global Debt Report 2024: Bond Markets in a High-Debt Environment, OCDE.

[ii] Fuente: Emerging Market Green Bonds, IFC Amundi Joint Report, mayo 2024  

[iii] Fuente: Global Sustainable Fund Flows: Q1 2024 in Review, Morningstar.

[iv] Para una discusión amplia y muy ilustrativa del financiamiento sostenible, aunque no sus falacias, ver el informe Monitoring Capital Flows to Sustainable Investments: Intermediate report, April 2024.

[v] Ver ¿Tiene el financiamiento sostenible impacto sobre la sostenibilidad? Primera parte: Inversiones financieras y Segunda parte: Inversiones reales.

[x] Hay mucho greenwashing en los nombres de los fondos, lo que ha llevado a la Comisión Europea, a la Financial Conduct Authority del Reino Unido y la Comisión de Valores y Mercados de EE.UU. a emitir regulaciones sobre el uso de nombres y la consecuente composición de las carteras. Ver, por ejemplo, Final Report  Guidelines on funds’ names using ESG or sustainability-related terms.

[xi] Por ejemplo, “el banco más sostenible del mundo”, el BBVA, ha destinado, desde el Acuerdo de París (2016- 2023) US$61 000 millones para el financiamiento de combustibles fósiles, incluyendo 32 000 en expansiones. El Santander ha destinado US$80 000 millones y 45 000 respectivamente (Banking on Climate Chaos, Fosil Fuel Finance Report 2024).

[xiv] Ver Inversión responsable o responsabilidad de la inversión: ¿Es responsable la inversión responsable en España? donde analizamos en más detalle la contribución de los diferentes tipos de fondos de inversión.

[xv] Ver el primer artículo de la nota v.

sábado, 11 de mayo de 2024

Mejorar la sostenibilidad empresarial: ¡Seamos realistas!

 

Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Quien mucho abarca poco aprieta.

No por mucho madrugar amanece más temprano.

El mundo no se hizo en un día.

Un bebe no puede nacer de nueve mujeres encintas por un mes.

Refranes populares

A pesar de la tradicional sabiduría popular (aunque la última no es tan popular), desde hace siglos, seguimos cometiendo los mismos errores de sobrestimar la velocidad, trayecto e intensidad que son factibles para lograr el cambio en las prácticas y en las actitudes de las personas y de las instituciones.

En este artículo analizamos las consecuencias de los esfuerzos de los promotores, en particular los reguladores, de la sostenibilidad empresarial, en lograr cambios en el comportamiento empresarial lo más rápido posible, y de paso ofrecemos algunas sugerencias para logarlos. Lo ilustraremos con dos ejemplos, el caso de la Directiva de diligencia debida para la sostenibilidad empresarial, CSDDD, y las propuestas de “nuevas economías”.

La clave está en el balance entre lo deseable y lo factible. [1]

I.                El objetivo no puede ignorar el trayecto.

Esto debería ser obvio, pero es un sesgo muy común. La ambición por lograr el objetivo suele nublar la vista y en muchas actividades cotidianas se parte del objetivo a alcanzar, y se ignora o subestiman las dificultades en el trayecto que se debe recorrer.

Y esto es muy común en el caso de la sostenibilidad empresarial, donde se quieren intensificar y acelerar los avances, aprovechado el impulso que se ha logrado recientemente, y llegar lo más rápido posible a la posición deseada, antes de que despierten los opositores y se nos dificulte el trayecto. Pero el exceso de velocidad puede terminar en un accidente, hay que ir a la velocidad consonante con el trayecto a recorrer, con las condiciones de la carretera.

Los promotores del cambio, en particular los consultores que asesoran a las empresas, promueven el ideal, muchas veces sin considerar el punto de partida, la situación actual de la empresa y sus recursos, los obstáculos que hay que vencer en el trayecto y la velocidad posible. La obsesión con el logro del ideal nubla la visión de lo que es factible.  Estos son consultores que tienen miedo a que los culpen de falta de ambición, de errores de omisión y prefieren ser optimistas y proponer que se haga de todo y rápido, ya que el fracaso, cuando lo hay, se suele atribuir a la implementación defectuosa por parte de las mismas empresas y no al diseño de los consultores. [2]

Algo similar ocurre con los reguladores, en especial los europeos, que tienen prisa por lograr una reforma en la sostenibilidad empresarial.  Se han fijado una estrategia integral y ambiciosa y se han desarrollado los muchos aspectos que son necesarios considerar. Se ha producido un vendaval de regulaciones: estrategias, taxonomías, estándares y marcos para el reporte de la información, regulaciones para evitar el greenwashing, principios para la emisión de bonos verdes, regulación de los fondos y calificadores de inversiones sostenibles y protección del consumidor, entre muchos otros, con obsesión por lograr el ideal lo antes posible.

Pero también es este caso se subestima el punto de partida, la situación actual de las empresas, y el desarrollo de los mercados (financieros y de bienes y servicios) donde se deben implementar los cambios, se subestiman los obstáculos que se deben vencer en el trayecto y se sobrestima la velocidad posible para llegar a la meta. Y en este casos, el colectivo empresarial (financiero y no financiero), objeto del cambio que se quiere lograr, no solo lo resiste por naturaleza, sino además por los impactos financieros y los riesgos adicionales reales o percibidos (legales, reputacionales, etc.) que los cambios introducen, ya que muchos tienen limitaciones financieras, gerenciales y técnicas para hacerlo. Y si no las tienen, las aducirán igual. Prefieren el cambio por su cuenta y a su ritmo, que el impuesto desde afuera.

Ambos colectivos, los que empujan y los empujados no suelen tener congruencia de objetivos. Los unos pecan de exceso de ambición y los otros de conservadurismo. Suele haber confrontación en vez de colaboración. Lo que se necesita es cooperar para competir, un “cumpetere” (¡a lo mjeor no es realista!) .[3]

Y no es que no se debe tener ambición, sino que esta debe ser adecuada al contexto en que se opera

II.             Contexto, contexto.

Los árboles les impiden ver el bosque. Están tan concertados y abrumados por la tarea a mano que no levantan la vista para ver el bosque. Se conoce tanto el problema a resolver y se ansía tanto su resolución que se cae en el enfoque del problema, pero el problema, y en sostenibilidad el cambio a lograr afecta a tantos intereses y es tan complejo, que se debe adoptar un enfoque contextual. El cambio no ocurre dentro de las oficinas de los reguladores, ocurre afuera, en la realidad cotidiana de los millones de empresas y otras instituciones afectadas, directa o indirectamente. Hay que analizar con cuidado y establecer la estrategia de cambio considerando: (1) punto de partida, (2) trayecto, (3) obstáculos a vencer, (4) recursos necesarios, (5) velocidad y (6) punto de llegada (profundidad del cambio). Que no es nada del otro mundo, es lo que hacemos (¡debemos hacer!) cotidianamente cuando programamos un viaje.

Se debe ampliar la mira no solo para ver adonde se quiere llegar, que es lo que suele hacerse, sino además el cómo y el cuándo, y sobre todo la factibilidad de alcanzar el objetivo, el punto de llegada. Por ejemplo, podemos tener como objetivo lograr que todas las empresas con cadenas de suministro en países en vías de desarrollo, contribuyan a mejorar las condiciones laborales y ambientales de la producción y se responsabilicen por las fallas (como lo pedía la CSDDD que comentamos más adelante). Pero ello, dado el contexto en que operan las empresas, puede que no sea factible y habrá que rebajar las ambiciones para hacerlas más realistas, aunque sin perder de vista el objetivo de la mejora, pero dentro de las limitaciones del contexto. A lo mejor hay que cambiar un elevado impacto potencial e incierto por un menor impacto, pero factible y tangible y/o la velocidad del cambio y/o el plazo para el logro.

Una sabiduría que no es popular, pero debería serlo:


Otra parte del contexto es que todo cambio genera ganadores y perdedores, o sea que, el innovador, o el que quiere el cambio, se crea enemigos, concretos, que saben, exactamente, lo que pierden, y a lo mejor se ganan algunos amigos, potenciales, que no saben, exactamente, lo que pueden ganar.  Muchos enemigos identificados con perjuicios reales, pocos con amigos inciertos con beneficios potenciales. Esta consideración puede dar lugar a que la estrategia deba incluir como aumentar el número y apoyo de los amigos y minimizar el impacto de los enemigos, o por lo menos negociar la oposición.

A veces se tendrá que recurrir a atenuantes, mitigar algunos impactos, ofrecer algunos incentivos y sobre todo una comunicación efectiva para intentar lograr la colaboración y sobre lo que se pretende lograr y porqué es necesario hacerlo, explicitación de los beneficios esperados y de ser posible los que le pueden revertir a los que ahora se oponen.

No comprarías un apartamento analizando con cuidado su costo, configuración, facilidades, calidad de la construcción, sin analizar además a los vecinos del edificio y el vecindario, sin considerar lo que pasa de día y de noche en el entorno, sin conocer la calidad y distancia a las escuelas, sin ver cómo sería el tráfico para ir de tu casa al trabajo (si todavía trabajas fuera de casa), etc. No basta con analizar el apartamento (meta, punto de llegada), se debe analizar además el contexto del cambio.

III.           Reguladores deben hacer un análisis de materialidad.

De la misma manera que los reguladores de sostenibilidad empresarial piden a las empresas hacer un análisis de doble materialidad para gestionar “sus estrategias e impactos de sus actividades”, ellos mismos deberían hacerlo sobre el impacto de sus regulaciones.  Determinar cuáles son los principales stakeholders afectados o que quieren afectar, como son afectados, que reacción pueden tener, cuál es su poder de reacción, cuál es su impacto sobre las regulaciones, a efectos de gestionar “sus estrategias e impactos de la regulación”. El análisis conllevaría la consideración de los aspectos que hemos mencionado anteriormente: punto de partida, trayecto, obstáculos a vencer, recursos necesarios, velocidad y punto de llegada (profundidad del cambio).

IV.            Punto de llegada: ¿Aprobación o impacto?

El objetivo de las regulaciones debe ser el lograr el cambio para mejor.  Pero al igual que las empresas, muchas veces se confunde aprobación con impacto.  En el caso de las empresas, estas se conforman con el logro, por ejemplo, de un porcentaje de mujeres en el consejo, en vez de buscar que tengan impacto en las decisiones que se toman en ese consejo. Presencia no asegura impacto.  Lo mismo sucede con el caso de las regulaciones, y se conforman, o por lo menos enfatizan, la aprobación de la regulación, cuando el impacto estará en su implementación efectiva y eficiente. 

Todos contentos en la foto de la aprobación del CSDDD, pero ¿qué cambio ocurrió como consecuencia de ello en la sostenibilidad empresarial, en la mejora de las condiciones laborales y ambientales en la cadena de valor?  Todavía ninguno. Es cierto que es un gran paso adelante, la aprobación es condición necesaria por no suficiente. La regulación debe estar diseñada, no solo tomando en cuenta los aspectos mencionados arriba, sino además contener los mecanismos que aseguren una implementación efectiva y exitosa. Ese debe ser el logro deseado. [4]

V.              Efectos perversos: Anti-ASG, Greenwashing, greenhushing y targetwashing.

Y todo este afán despierta el interés y estimula a los enemigos a actuar, lo que explica en parte el movimiento anti-ASG, sobre todo en EE.UU. [5]  Cuando los afectados se han dado cuenta del empuje de los promotores, la visibilidad que han creado sobre estos aspectos, y el explícito apoyo de partes interesadas, los enemigos, latentes, ven que la cosa va en serio y que hay que reaccionar. Esto ha sido muy visible en el empuje contra los combustibles fósiles, a favor de las energías renovables, y contra la discriminación laboral a favor del laissez faire. Para algunos, el empuje ha sido muy amplio y rápido, impetuoso e impaciente, ignorando la reacción de los que tienen algo que perder. La búsqueda de una transición más ordenada posiblemente hubiera atenuado estas reacciones en contra y hubiera alcanzado el objetivo, aunque más tarde de lo deseado.

Este empuje impaciente también ha generado otros efectos perversos. Bajo la presión de algunos stakeholders, en particular los reguladores, las empresas que no están preparada para la transición hacia los modelos deseados de sostenibilidad, o que perciben elevados costos, al no poder lograr una transición más ordenada recurren a estrategias de mitigación del impacto de las regulaciones.  

Ante la presión por “ser”, se ha recurrido al “parecer”. Se ha intensificado el greenwashing, la práctica de dar la falsa impresión sobre los impactos y beneficios ambientales y sociales de un producto o servicio, que pueda confundir a los consumidores. Ante los crecientes y más rigurosos requerimientos de reporte de la información sobre sostenibilidad, las empresas han intensificado el greenhushing, la práctica de informar lo menos posible, cumpliendo al pie de la letra y evitando la diseminación de información que puede generar riesgos o acusaciones de greenwashing. [6] Las presiones para que se fijen objetivos, por ejemplo, el de la neutralidad en las emisiones, ha llevado a las empresas a una nueva práctica, el targetwashing, por la cual las metas sobre sostenibilidad que se fijan las empresas son menos ambiciosas, de fácil logro. Y hasta pueden estimular el comportamiento no ético y llevar a algunas empresas a hacer trampas (recuerde el caso del Dieselgate de VW, que, ante los requerimientos de reducción de emisiones en los vehículos, tergiversaron las pruebas para parecer que cumplían los objetivos [7] ).

VI.            Y un par de ejemplos

La reciente aprobación del Directiva de Diligencia Debida sobre Sostenibilidad Corporativa, CSDDD, [8] es un muy buen ejemplo de esto. Los reguladores, guiados por sus asesores, querían lograr grandes progresos en el mediano plazo, desestimando, por ejemplo, los costos de la implementación para las empresas. Por los cambios que se tuvieron que hacer a la propuesta para lograr su aprobación se desprende que los reguladores priorizaron el punto de llegada, no considerando debidamente el contexto, las dificultades del trayecto y la velocidad del cambio deseado.

Las principales modificaciones que se hicieron ilustran estas ideas (para mayores detalles ver la referencia #6):

·       Implementación escalonada por tamaño de empresa, con lo que se retrasa significativamente el impacto en el terreno.

·       Aspectos por cubrir: reducción de la obligación de reporte sobre transición climática, eliminación de nexos financieros entre sostenibilidad y remuneración, eliminación del compromiso de establecer reglas para la diligencia debida de las instituciones financieras, eliminación de las responsabilidades por la eliminación y reciclaje de sus productos en la cadena de valor y exclusión de cobertura de las relaciones comerciales indirectas.

·       Ámbito de aplicación y empresas cubiertas: aplica a empresas con más de 1000 empleados e ingresos netos de más de euros 450 millones, elimina la aplicación a empresas basada a la posibilidad de enfrentar conflictos en derechos humanos y el medio ambiente (con esto se reduce la aplicación a un tercio de las empresas originalmente incluidas) y se excluyen empresas con actividades de alto riesgo que estén por debajo de los límites de tamaño.

·       Penalizaciones: eliminación de la posibilidad de que algunas instituciones demanden por daños civiles a las empresas que no cumplan con las disposiciones.

Otro ejemplo, pero mucho más dramático son las propuestas de “nuevas economías” y “nuevos capitalismos”.  Una de ellas, La economía del bien común, que tuvo sus minutos de gloria alrededor del 2018, tenía objetivos muy laudables pero un trayecto de imposible factibilidad, ni siquiera en el largo plazo. [9] Proponía 20 postulados, entre los cuales se encontraban, por ejemplo, (1) El marco legal económico cambia de fines de lucro y competencia a cooperación y contribución al bien común; (2) El éxito económico no es medido por el beneficio financiero sino con el balance del bien común; (3)Las empresas del bien común disfrutarán de ventajas fiscales (4) Se limitan los montos máximos de las herencias;(5) En grandes empresas los derechos de decisión y propiedad pasan parcial y progresivamente a los empleados y ciudadanos; (6) Se crea el banco democrático, donde sus servicios consisten en depósitos de ahorro garantizados, cuentas corrientes gratuitas, créditos de interés reducido y créditos de riesgo con plusvalía social y ecológica; y, (7) El crecimiento económico como fin es substituido por la reducción de la huella ecológica. No hace falta analizar cada uno de estos postulados en ningún detalle para darse cuenta de que más que utópicos, son imposibles de implementar en la vida real. Ignoran todos los aspectos mencionados arriba para el cambio efectivo. A lo mejor si se creaba el mundo desde cero, comenzando por el nuevo ser humano.

VII.         En resumen

¿Seré criticado por falta de ambición en la promoción de la sostenibilidad empresarial? Sí, hay que ser ambicioso, no dejarse vencer por obstáculos, pero para vencer al enemigo hay que conocerlo en detalle, sus recursos, capacidades, objetivos, estrategias, etc.  y prepararse con los recursos necesarios para enfrentarlo. La ingenuidad no gana batallas.

El cambio es muy complejo y para el logro del cambio deseado hay que considerar el punto de partida, trayecto, obstáculos a vencer, recursos necesarios, velocidad y punto de llegada (profundidad del cambio).

Y claro está que, si el proceso será sujeto de negociación, hay que ser más ambicioso de lo que se desea logar, para tener margen en la negociación. Pero no siempre se llega a negociar.

Y hay que actuar dentro del realismo, no el mágico, el de veras.



[1] Había ya considerado esta disyuntiva en uno de mis primeros artículos en el blog, en diciembre del 2008, Responsabilidad Empresarial: De la ilusión a la realidad

[3] “La creatividad y la cooperación son signos del auténtico concepto de competencia en la empresa: un “cumpetere”, o sea, la búsqueda conjunta de las soluciones más apropiadas para responder de la mejor manera posible a las necesidades que emergen.”
Párrafo 343 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

[6] En el estudio CEO Outlook Pulse Survey, de EY, 2024, donde se consultaron a 1 200 CEO en 21 países y 5 sectores industriales, el 73% respondió que las empresas recurrían al greenhushing ante el temor de ser acusados de greenwashing.