sábado, 20 de octubre de 2018

La responsabilidad social de los investigadores en responsabilidad social



Abstracto

El argumento central del artículo es que los investigadores en responsabilidad social no suelen asumir su responsabilidad ante la sociedad.

Las publicaciones en revistas académicas se ha convertido en un gran negocio para las editoriales (más de 30.000 revistas que generan cerca de US30.000 millones de ingresos anuales; solamente en EE.UU. las instituciones académicas gastan más de US$2.500 millones en suscripciones) apoyadas en la principal mano de obra gratuita, los investigadores, que está necesitada de publicar para poder promoverse entre sus pares y conformar con el sistema de incentivos (perversos) en las promociones dentro de las instituciones de enseñanza: Publish or perish y mejor si es en revistas con una elevada calificación de  “impacto” (¿impacto en qué?). 

Hay una colusión abierta entre las partes, que los beneficia a ambos, en detrimento de la sociedad.  ¿Quién paga por todo esto?  Es la sociedad (impuestos, familia, filantropía empresarial y personal, etc.) la que financió y/o permitió el desarrollo profesional de los investigadores y la existencia y funcionamiento de esas instituciones, que ahora les pagan sus sueldos.  Los investigadores usan los recursos de la sociedad sin preocuparse de retribuirla por todos los beneficios que han recibido, produciendo investigaciones que les interesan mayormente a ellos, a sus pares y las revistas, pero de muy poco o nulo impacto sobre el bienestar de esa sociedad.  

A la hora de decidir que investigar, ¿cuáles son las preguntas que se hacen?  Con mucha seguridad no es la de ¿Cómo puede esto contribuir al avance de la sociedad que es a la que me debo, la que me lo permite y la que me paga por hacerlo?  Sus preguntas están más relacionadas con ¿qué debo investigar para que sea publicable y así poder engrosar mi currículo que me permita subir en el escalafón académico? Y para ello cuentan con la complicidad de las revistas académica. Ante tanta proliferación de medios e investigadores, el campo de publicaciones aceptables en los medios académicos se hace cada vez más estrecho, lo que incita a que los temas sean cada vez menos relevantes (véanse, por ejemplo, las publicaciones de revistas como Business and Society y Journal of Business Ethics entre otras de alto factor de impacto).

Hay una transferencia de recursos de la sociedad hacia los investigadores y hacia las revistas.  ¿Tienen ambos una responsabilidad ante la sociedad por lo que hacen?  De la misma manera que se lo exigimos a las empresas y otras instituciones se lo debemos exigir a ellos.  Los argumentos éticos, morales y económicos son los mismos.  Y esto es válido para todos los investigadores, pero esto es aún más relevante para los que lo hacen sobre la RSE e ignoran su RSE personal.  Estos no pueden argumentar ignorancia, son expertos.

El articulo pretende ser un llamado a los investigadores en RSE a considerar el impacto que sus estudios puedan y deben tener en el mejoramiento de la sociedad (reconocemos que no es fácil determinar lo que la sociedad quiere o necesita, pero un buen experto en RSE puede saber, por lo menos, lo que no necesita). Así como en estas publicaciones se suele decir que el estudio cubre algo que no se había analizado antes y que contribuye al avance del conocimiento en esto y aquello, deberían demostrar como contribuyen al bienestar social y como el investigador le está devolviendo a la sociedad una parte de lo que esta le ha dado para que lo haya publicado.

El artículo y la revista


Y la revista completa donde fue publicado el artículo aquí (Revista de Responsabilidad Social de la Empresa, No. 30, III Cuatrimestre 2018).





martes, 16 de octubre de 2018

Los seis huecos (¿?) de la materialidad



A mediados de octubre se publicó un artículo, Materiality Is Broken. But It Doesn’t Have to Be (por los gurús de la sostenibilidad Daniel Aronson, Gil Friend y Andrew Winston) donde alegan que los análisis de materialidad que se llevan a cabo actualmente “tienen seis huecos”.  Es el típico artículo escrito por consultores que quieren excitar la participación en alguna de sus conferencias o que contraten sus servicios, puntualizando deficiencias (¿ficticias?) en las prácticas actuales.  En este artículo pretendemos cerrar algunos de estos huecos y comentar sus falacias. Los listamos y comentamos a continuación:

1.   El análisis de materialidad pretende responder a la pregunta “¿Qué es lo importante para nuestros stakeholders?”.  Pero no es la pregunta correcta, lo que importa es “¿Qué es lo importante para el mundo

¿Es esta en realidad la pregunta correcta? ¿Cuántas pueden darse el lujo de dispersar sus esfuerzos en pretender resolver los problemas del mundo?  ¿Para cuales empresas son sus stakeholders el “mundo entero”?  Si hay algunas se pueden contar con los dedos de dos manos.

Todo lo contrario, para la inmensa mayoría la pregunta no es ni siquiera ¿Qué es importante para nuestros stakeholders?”, sino ¿Qué es lo importante para mis stakeholders más relevantes, más críticos para mi operatoria?  La inmensa mayoría de las empresas cuenta con limitados recursos financieros y gerenciales que deben ser enfocados en aquello que tenga más impacto, tanto en la empresa como en “su sociedad”, la parte que es crítica para ella, que no es toda, y mucho menos “el mundo”. [1]

2.   Tiene una visión temporal innecesariamente corta de, a lo sumo, 3 a 5 años. Esto conduce a menospreciar o ignorar aspectos de impacto en el largo plazo (y ponen como ejemplo en tema del cambio climático, que consideran el aspecto de mayor prioridad).

De nuevo, esto suele poder ser considerado por un grupo muy selecto de empresas.  Para la inmensa mayoría de las empresas considerar horizontes de 5 años para su análisis de materialidad ya representa un gran esfuerzo. El impacto sobre el cambio climático es de relativamente menor importancia crítica. Recordemos que sólo 100 empresas son las responsables por el 71% de las emisiones de gases de efecto invernadero (¿y es crítico para el otro 99.9999% de las empresas?).

3.  Consultan con menos de 30-50 stakeholders, lo que no permite desarrollar suficiente perspectiva y puede traer sorpresas.

Para no ser repetitivo dejaremos al lector que emita su juicio sobre la posibilidad y efectividad de consultar a un número mayor de stakeholders para la inmensa mayoría de las empresas. Pero lo más relevante no es el número, es lo crítico y pertinente para la empresa de los stakeholders consultados e involucrados.

4.  Pasan completamente por alto el “valor sumergido”, ….otros beneficios como las recomendaciones de los consumidores, lealtad y compromiso de los empleados….”

Si el análisis de materialidad omite los clientes y empleados, no hay nada más que decir, no merece el nombre de análisis de materialidad. ¿Quién los omite?  Y esto sí aplica a todo tipo de empresas.

5.   Ignoran las dependencias, los efectos que algunos aspectos materiales tienen sobre otros ………por ejemplo la relación entre las donaciones de una empresa farmacéutica y la igualdad de género…...

O sea, ¿que su filantropía no es estratégica?, ¿que no identifican la potencial contribución de sus actividades ante la sociedad?  Si es así, si es un hueco grande.

6.   E ignoran los rezagos en las acciones. Algunos aspectos tienen consecuencias que tardan años en sentirse……. porque no se hacen la pregunta obvia “Cuan rápido lograremos los resultados con nuestro proyecto?”

O sea que las empresas no toman en cuente la distribución en el tiempo de las acciones y sus resultados, de los costos y los beneficios, lo más básico en el análisis de proyectos, que se embarcan en el proyecto sin saber cuándo se obtendrán y cuáles serán los resultados. Hasta las de menor tamaño consideran esto, a menos que consideren que su responsabilidad ante la sociedad consiste en algo cosmético, en parecerlo.

Y este tipo de recomendaciones son contraproducentes para la responsabilidad de la empresa ante la sociedad, porque las estimulan a querer hacer de todo para todos y la clave está en enfocarse en lo que es efectivo y que cae dentro de sus capacidades.  Hay que considerar el contexto en que se opera.

No todos los gurús son realistas.



[1] Este es uno de los conceptos más básicos que analizábamos en los artículos Materialidad: 12 principios básicos y una metodología para la estrategia de RSE: Ia y IIa Parte.



domingo, 7 de octubre de 2018

El valor de las empresas: los dirigentes empresariales se concentran muy poco en lo que a la gente de verdad le importa



Un cínico es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada.
Oscar Wilde, 1854-1900.

Volvemos sobre un tema crítico para entender la responsabilidad de las empresas ante la sociedad, y cuya discusión, lamentablemente, no terminará nunca: la compulsión de los dirigentes por tomar decisiones basadas mayormente en valores monetarios, como si el valor monetario fuera el único valor que importa.

I.                ¿Captan los valores monetarios lo que importa?

Toda nuestra vida transcurre tomando decisiones en términos monetarios, y muchas veces solamente considerando estos valores, como si no existieran otros.  En las decisiones de compras, es el principal factor y pocas veces tomamos en cuenta la calidad relativa o el bienestar que nos puede producir.  Esto es natural ya que la mayoría trabaja para recibir una remuneración monetaria (bienaventurados los que lo hacen por la satisfacción) y al intercambiar ese trabajo por bienes y servicios lo valoramos, sin darnos cuenta, en lo que nos cuesta en términos del sacrificio del trabajo. 

A nivel personal somos menos compulsivos en cuanto a basarnos en valores monetarios, pero más irracionales, en sentido de tomar decisiones que no son las que mejor favorecen nuestro bienestar.  No solamente dejamos de considerar factores que pueden ser críticos, sino que además prevalecen sesgos, costumbres, impulsos y muchas veces nos dejamos influenciar por lo que hacen los demás, en un contexto diferente al nuestro. Recientemente se ha desarrollado toda una literatura sobre el tema de la irracionalidad, en gran parte como reacción a los supuestos del comportamiento racional del homus economicus, cuya existencia es ampliamente supuesta en la teoría económica y que la realidad contradice. Un par de libros muy recomendados sobre el tema son Pensar rápido, pensar despacio por Daniel Kahneman (premio Nobel en economía en el 2002), y Las trampas del deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error  por Dan Ariely (el título en inglés, que traduzco, es más descriptivo aunque menos comercial:  Previsiblemente irracional)

Con motivo de la publicación del cuarto de una serie de artículos sobre las deficiencias de la profesión del economista por la revista The Economist me pareció oportuno volver a abordar el tema de la toma de decisiones basada en valores monetarios.  En el artículo se hace un análisis sobre las consecuencias de concentrarse muy poco, al estudiar el valor de los bienes, en lo que a la gente le importa (The worth of nations: Economists focus too little on what people really care about, El valor de las naciones: los economistas se concentran muy poco en lo que a gente de verdad le importa).  En buena parte analiza la eterna discusión sobre los problemas de medición del bienestar y progreso de las naciones, en particular de las deficiencias del Producto Interno Bruto, PIB.  Es un artículo especializado, para economistas, pero contiene muchas lecciones para la responsabilidad de las empresas.  Parafraseado aquel título, en este artículo hacemos un análisis de las implicaciones de esa discusión para las empresas: “El valor de las empresas: los dirigentes empresariales se concentran muy poco en lo que a la gente de verdad le importa.

Todo el artículo se puede resumir en la cita atribuida a Einstein: “No todo lo que se puede contar cuenta, ni todo lo que cuenta se puede contar”.  Ver mi artículo con ese título donde analizaba la importancia de considerar lo que no se puede medir en la gestión de la responsabilidad de la empresa y lo contraproducente de atenerse al mantra de gestión: “si no se puede medir no se puede gestionar”. ¡Sandez!

Es refrescante ver que The Economist reconoce las deficiencias de la profesión y en particular que promueve una amplitud de miras más allá del pensamiento economicista y del homus economicus.  ¡Como ha cambiado desde los días en que argumentaba, vehementemente, que la RSE era un malgaste de recursos! [1]

II.               Valoración de bienes y servicios en la economía

Un ejemplo ampliamente conocido sobre las distorsiones que puede traer la compulsión por la valoración en términos monetarios es la medición del Producto Interno Bruto, PIB, que supuestamente representa el valor de todos los bienes y servicios producidos dentro de in país en un período determinado. Incluye todo lo que se puede medir y omite todo aquello que no se puede medir en términos monetarios, independientemente del valor que lo incluido y excluido tenga para la sociedad.  Y se pretende que representa una medida de la “magnitud de la economía” del país y de su progreso y se usa para la toma de muchas decisiones de asignación de recursos en la economía y entre economías (por ejemplo, del presupuesto de la Unión Europea). 

Para mostrar las consecuencias negativas de la compulsión de la cuantificación en términos monetarios, consideremos algunas inclusiones y exclusiones del PIB:  incluye la producción de armas, los gastos en guerras, en los desastres naturales, pero no incluye el trabajo no remunerado (hogar, voluntariado, comunidad, etc.) indispensable para el funcionamiento y cohesión de la sociedad, para la formación de los hijos (para el 2010 en EE.UU. su inclusión hubiera aumentado el PIB en un  26%).[2]  Sí cuentan los gastos en la prostitución, en el consumo de drogas, en la lucha contra el crimen, pero no se incluyen los “costos” de la contaminación ambiental, ni la contribución de la economía informal que en muchos países es significativa.  Cuentan los gastos en salud y educación, pero no su calidad o efectividad.  El PIB aumenta con las guerras, el crimen, las drogas, los desastres naturales, etc. Y no disminuye con deterioros en la calidad del aire o el agua.  O sea, que el PIB no es una medida del avance de la sociedad ni del valor de la producción nacional, es una medida de lo que se puede contar, independientemente del valor para la sociedad.  Es un producto interno muy “bruto”. No todo lo que se puede contar cuenta, ni todo lo que cuenta se puede contar.  Lo que puede llevar a decisiones contraproducentes para la sociedad,

Se han propuesto muchas medidas alternativas de bienestar para subsanar algunos de estos problemas, pero su análisis excede el objetivo de este artículo (por ejemplo el índice de Felicidad Nacional Bruta y el Índice de Bienestar Económico Sostenible).  Baste decir que todos persiguen mejorar la relación del indicador con lo que a la gente le importa (“what people really care about”): el bienestar social.  Y es aquí donde está el nexo entre el artículo de The Economist y este: considerar lo que le importa a la gente, aunque no sea medible.

No es que los economistas no hagan esfuerzos para medir lo inmedible.  Existen muchas metodologías que lo intentan.  De hecho, con una buena cantidad de supuestos, son capaces de poner un valor monetario a casi cualquier bien o servicio, pero ello no quiere decir que el valor refleje las preferencias de la sociedad (si es que estas se pudieran medir de forma práctica).  Por ejemplo, para efectos de tomar decisiones sobre alternativas de seguridad aérea o vial, se le asigna un valor a las vidas de las personas.  En juicios por accidentes o negligencia la valoración se tiende a hacer sobre el valor presente de las futuras ganancias del difunto si continuara vivo.  Pero, ¿tiene sentido este valor para el conyugue, para los hijos? ¿era su único valor lo que aportaba monetariamente? Pero si no hay nada que no puedan cuantificar, las preguntas relevantes son: ¿tiene sentido? ¿refleja el bienestar social? ¿es contraproducente para tomar decisiones?

Como dice el artículo de The Economist, “Los economistas están en su utilidad mínima cuando intentan valorar algo que no se debería ni siquiera intentar.  Es conocido, por ejemplo, que calculan los beneficios financieros de la igualdad de género.  Pero la igualdad de género tiene un valor intrínseco, independientemente de su impacto sobre el PIB…. Estos dilemas pueden sugerir que es mejor dejar los aspectos éticos a los sociólogos.  Pero esta división del trabajo sería insostenible.  En efecto, los economistas generalmente trabajan sobre la base de que los costos y beneficios tangibles sobrepasan a los valores subjetivos” (énfasis añadido). 

Parafraseando esa cita podríamos decir que la responsabilidad de la empresa ante la sociedad tiene valor intrínseco, independientemente de su impacto en la cuenta de resultados (el argumento moral versus el argumento empresarial). [3] Los compartimientos estancos no son conducentes al progreso social, en estos asuntos multidisciplinarios se requiere no solo el concurso de todas las disciplinas, sino además la integración de los diferentes enfoques.    

III.           Valoración de bienes y servicios en la empresa

¿Porque es importante estudiar esto en la empresa? Porque esta compulsión por cuantificar conduce a dos problemas en la toma de decisiones dentro de la empresa, ambos críticos para la asunción de su responsabilidad social: (1) da preferencia a las decisiones que se pueden basar en números y, (2) subvalora o ignora los que no se pueden cuantificar.  El criterio de relevancia es la cuantificación, no el impacto sobre la empresa y la sociedad. Incluye los costos, cuantificables, pero ignora los beneficios, a veces intangibles, a veces no cuantificables, que muchas veces se dan en el largo plazo, que son “descontados” a altas tasas implícitas de descuento y por ende se les valora muy poco en el presente, que es cuando se incurren los costos. Un análisis de costo-beneficio completamente sesgado en contra de la responsabilidad empresarial.

El argumento central del artículo es la preponderancia que los economistas, y muchos no economistas, le dan a lo que se puede medir en términos monetarios, para guiar la toma de decisiones.  Se reconoce la conveniencia de medir el valor de las cosas en términos monetarios, o sea comparables, para poder decidir entre las diferentes alternativas y poder efectuar transacciones.  Al final del día es el dinero lo que sirve como medio de intercambio, lo que permite el funcionamiento de la economía, de la vida diaria. 

No siempre es así, pero la obsesión con la valoración monetaria deja en segundo plano, o en ningún plano, a estas otras consideraciones, que sí tienen valor para la sociedad pero que son difíciles o imposibles de valorar en los mismos términos. Para los dirigentes de empresas este sesgo puede alcanzar altos niveles de distorsión.  Cuando nos han enseñado (¿indoctrinado?) que la toma de decisiones en la empresa debe basarse en un análisis de costos y beneficios en términos monetarios. Cuando los bienes son escasos, como el caso del dinero, se deben asignar a la actividad que produce mayores beneficios netos.  Cuando pedimos presupuesto para llevar a cabo una actividad tenemos que demostrar que los beneficios superan a los costos y son mayores que los del uso alternativo del dinero.  Las actividades relacionadas con la responsabilidad de la empresa están en desventaja competitiva con otras dentro de la empresa que tienen mayor facilidad de cuantificación, no necesariamente que sean más convenientes para el futuro de la empresa y de la sociedad.  Aunque parece que no a todos se les exige demonstración de beneficios cuantificables (los gastos en tecnología de información parecen estar exentos de esta restricción, ¡siempre les dan lo que piden! “más vale caer en gracia que ser gracioso”).

IV.            Consecuencias negativas del pensamiento economicista

Pero esto no solo tiene consecuencias de que lleva a decisiones que pueden ser contraproducentes para el bien de la sociedad, sino que además distorsiona progresivamente los valores de los individuos. 

El énfasis en los valores monetarios de los bienes en la toma de decisiones, el que todo se tiene que expresar en términos monetarios, lleva a comportamientos menos solidarios, con desconfianza, y sin considerar, entre otras cosas, la compasión y la justicia.  El valor de la solidaridad, la confianza, la compasión y la justicia no se pueden medir y por ello dejan de entrar en el intercambio, a lo sumo se incluyen como consideraciones separadas, después de que se ha tomado la decisión en términos monetarios. Y esto puede llevar a extremos.  Perdemos el sentimiento, el apreciar el “verdadero valor de las cosas”, “lo que le importa a la gente”. [4]

V.               ¿Cómo podemos paliar el problema?

La obsesión con la cuantificación en términos monetarios es un enemigo de la asunción de la responsabilidad integral de la empresa ante la sociedad, junto con el cortoplacismo inducido por los inventivos a los dirigentes de maximizar beneficios monetarios en el corto plazo, el “descuento” de lo que ocurre en el futuro y la visión que tienen algunos dirigentes de la duración de sus cargos.  Todo esto firmemente arraigado por las enseñanzas en muchas escuelas de negocios y cursos avanzados de gerencia, donde tienden a enfatizar estas ideas y el mantra de que “lo que no se puede medir no se puede gestionar y no cuenta”. [5]

Pero esto no se debe interpretar como una crítica a los economistas en general, es más bien un análisis de una parte de la disciplina de la economía.  Es una disciplina riquísima que tiene muchas subdisciplinas, algunas de las cuales están adquiriendo realce en los últimos años precisamente al reconocer las limitaciones de los modelos o esquemas tradicionales que ponen en énfasis en las matemáticas y la cuantificación.  Están adquiriendo más seguidores las disciplinas del “economía del comportamiento”, que no suponen decisiones racionales en la persona, suponen que no es un homus economicus y que otros factores del comportamiento tienen impacto en las decisiones, muchas veces no racionales. La otra subdisciplina es la “economía del bienestar”, donde se contemplan las decisiones que podrían llevar el bienestar a un mayor número de personas, y este bienestar incluye no solamente la eficiencia en la asignación de recursos, como lo hace la microeconomía tradicional, sino que toma en cuenta otras consideraciones como la equidad, libertad, justicia, etc.

El problema para el entorno empresarial actual es que todavía dominan las enseñanzas más simplistas de la priorización de los costos y beneficios cuantificables, primando el criterio de asignación eficiente de los escasos recursos, lo que deja fuera muchas consideraciones que “le importan a la gente”, no hay tiempo para insertar las enseñanzas de la sociología, la psicología, la antropología, etc. en los modelos de tomas de decisiones. Los complicaría muchísimo.  Además de que, como dirían algunos defensores de estos esquemas: ¿quién determina cuales son las prioridades de la sociedad sabiendo que hay múltiples opiniones y opciones? ¿cómo tomamos en cuenta lo que es moralmente deseable?  Lo más sencillo parece ser usar un solo criterio: el de eficiencia y que los que quieran que añadan sus otros criterios.  Esta de cierta manera es la actitud de muchos empresarios: nosotros maximizamos los beneficios, distribuimos dividendos y que los accionistas hagan lo que les parezca con su dinero.

De allí el rechazo o la no adopción entusiasta de que la empresa tiene otras responsabilidades ante la sociedad y que sus decisiones deben tomarlo en cuenta.  Poco a poco se va adoptando esa visión más amplia del papel de las empresas ante la sociedad.  Pero como comentamos, el modelo de la eficiencia es que se sigue enseñando en las escuelas de negocios y cursos básicos de economía, que los dirigentes llevan a las empresas desarrollando la cultura de eficiencia, que ofreece resistencia al cambio cuando progresivamente los nuevos dirigentes traen una visión más amplia.  Algunas escuelas tratan de paliar estas “deficiencias” ofreciendo asignaturas electivas en sostenibilidad, sociología, antropología, psicología, o considerando algún caso especial dentro de las asignaturas tradicionales.  Esto es visto por el estudiante como algo especial, desintegrado, algo aparte, una segunda prioridad.  La prioridad sigue siendo la eficiencia financiera.

Parte de la solución pasa por la renovación de los curricula incluyendo asignaturas integradas: en finanzas no se enseñaría la maximización de beneficios (primacía de los shareholders) sino la maximización del bienestar (primacía de los stakeholders), considerando los costos y beneficios, cuantificables o no, de la operación, no solo los expresables en términos monetarios. En esta disciplina hay un muy buen ejemplo.  El caso The Pfizer-Allertgen Tax Inversion (Case A-230, Stanford Graduarte School of Business) muy popular en los cursos de gestión financiera se dedica exclusivamente a analizar los beneficios financieros de la inversión fiscal, de mudar la sede de la empresa combinada a la jurisdicción con menor carga fiscal (mayor posibilidad de elusión fiscal) (ver Ética grande y ética pequeña: Elusión fiscal y el código de ética en Pfizer).  Al dar por descontado de que la fusión y mudanza cumplen con la legislación fiscal vigente, no se menciona la ética de tal estrategia, la justicia de usar la infraestructura física, humana y financiera de un país y no pagar impuestos por ello, o pagar muy pocos en un país que no contribuyó al logro de los beneficios.  El purismo de circunscribir el caso a un tema estrictamente financiero y no considerar las demás implicaciones sociales desprecia una oportunidad de desarrollar una visión más amplia en los estudiantes del papel de la empresa y les realza las ventajas de la elusión fiscal.

 

En mercadotecnia no se enseñaría solamente la política de precios que capture los máximos beneficios de la venta, sino que consideraría la capacidad de pago del cliente (no en todo es posible hacerlo, es más propicia en los servicios), la propaganda no solamente trataría de crear demanda sino ofrecer amplia información sobre la responsabilidad del producto y el uso/consumo responsable. En organización empresarial no solo se enseñarían gestión de los recursos humanos con el énfasis en recurso (remuneración, evaluación, promoción, etc.), sino que pondrían la gestión en el contexto humano, de la persona integral, con sus necesidades de desarrollo personal y profesional, políticas de beneficios, enriquecimiento del trabajo, necesidades familiares, etc.  ¿Serían implementadas estas lecciones en mercados altamente competitivos? No del todo, pero posiblemente un poco mejor de que lo que se hace ahora.

Y el lector se preguntará ¿y esto no es lo que hacen las maestrías o diplomados en responsabilidad social o sostenibilidad?  Estas caen en el problema opuesto. Enseñan el comportamiento empresarial responsable, con el lenguaje del bien de la sociedad, pero en abstracción del entorno en que se deben desenvolver, con un supuesto de todos están de acuerdo.  Preachin to the choir.  Pero la clave es aprender el lenguaje de los negocios con fines de lucro, que es con lo que van a tener que lidiar.  Se enfrentarán a un ambiente hostil dentro de la empresa, con personas que hablan otro lenguaje, el de los beneficios monetarios. En estas especializaciones se debe enseñar ese lenguaje, cómo piensan y actúan los maximizadores de beneficios financieros.  Y lo más importante para aquellos es vencer los obstáculos, como convencer a los escépticos, como promover e implementar el cambio de cultura.  Ambos grupos deben aprender el lenguaje del otro para poder comunicarse. Nada fácil.

Y los profesores para esta visión multisectorial ¿dónde están?  Este movimiento hacia la integración de la sostenibilidad como parte del modelo de gestión empresarial tomará mucho tiempo.  Los profesores fueron educados con el antiguo esquema y tienen mucho invertido en ello.  Tardarán mucho tiempo en su cambio de cultura docente para promover el cambio de cultura empresarial.

VI.            En resumen: ¿cuánto vale tu madre?

No tiene precio.  ¡Priceless!  Digo madre porque es lo único que todos, indefectiblemente, tenemos o hemos tenido. No creo que a nadie se le ocurra “gestionar” a su madre a través de la valoración de sus servicios, cuantificación del amor y de la vida que nos ha dado (ver Cuánto vale tu madre: Relevancia versus medición). Claro que esto es un caso extremo de medición, pero es muy apropiado para ilustrar la importancia de gestionar lo que no se puede medir y que aunque no sea cuantificable tiene valor.  Es extrapolable, aunque en menor escala a la contribución que puede hacer la empresa por la sociedad.

No todo lo que se puede medir cuenta ni todo lo que cuenta se puede medir, pero puede tener un alto valor y se debe gestionar.





[1] Ver mi artículo La conversión de The Economist publicado en enero del 2008, el segundo artículo publicado en mi blog.

[2] Esto es una forma subliminal de discriminación por genero ya que gran parte de esta contribución lo hacen las mujeres y el PIB fue diseñado por hombres.

[4] Ver mi recensión del libro de Michael J. Sandel, Lo que el dinero no puede comprar: Límites morales de los mercados.

[5] Esto lo habíamos comenzado a analizar en el artículo La responsabilidad de los economistas frente la responsabilidad empresarial.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Tres estudios sobre la RSE: Desarrollo profesional, elusión fiscal y gestión de la información



En el mes de septiembre del 2018 se publicaron dos artículos académicos y un estudio estadístico que contienen lecciones para la práctica de la responsabilidad social de la empresa ante la sociedad, por lo que los analizaremos en este artículo, poniéndolos en el contexto de su aplicación y destacando aquellos aspectos que puedan ser de mayor interés a los profesionales de la RSE.  Lamento, una vez más, tener que pedir excusas porque los tres son en inglés (por lo menos los lectores tienen el beneficio de que los analizo en español y les ahorro su estudio, que puede ser tedioso).

I.                Aprendizaje en el ejercicio de la RSE

El primer artículo Unraveling the Competence Development of Corporate Social Responsibility Leaders: The Importance of Peer Learning, Learning Goal Orientation, and Learning Climate, fue publicado en el Journal of Business Ethics (número 4, vol 151, pags. 891-906, y solo está disponible por subscription).  Sí, el título es largo y parece complicado, por ello lo he resumido en el título de esta sección.

El objetivo del artículo es averiguar cómo desarrollan sus competencias los que ejercen la RSE. Este artículo se basa en una encuesta sobre 176 profesionales de la RSE (mas o menos la mitad mujeres, la mitad con cargo a nivel gerencial y edad promedio de casi 43 años, dos tercios en empresas de servicios y un tercio en manufactura, no hay indicación del tamaño de las empresas). La muestra es de empresas holandesas, lo que no permite la generalización simple a otros países, pero dada la globalización del tema, permite sacar algunas conclusiones válidas en otros entornos, aunque con cautela para países con menor desarrollo relativo.  Es interesante notar que de los casi 700 miembros de CSR Netherlands, casi la mitad dijo que apenas estaba comenzado y no podían participar en el estudio (y son miembros de la organización). Si esto es así en uno de los países más desarrollado no debe sorprendernos el avance en otros países de menor desarrollo. La muestra fue tomada tres años antes de la publicación de los resultados, por lo que es de esperar que se hayan producido avances.

1.      Competencias

Antes de reportar los resultados en conveniente listar las competencias que formaron el marco de las encuestas, o sea, a que se refiere el desarrollo profesional.  No hacen falta comentarios, el lector puede apreciar que la lista de competencias es completa. Lo que podría estar en discusión es su importancia relativa, pero son las que deben desarrollarse.



2.      Modalidades de desarrollo de competencias

En la encuesta postulan cuatro modalidades de desarrollo de competencias:

  • A través de la experiencia;
  • Reflexión crítica (autoaprendizaje);
  • Educación y entrenamiento organizado; y,
  • Interacciones con otros expertos y colegas (redes).

Los autores perecen menospreciar el entrenamiento formal, lo cual puede contribuir a sesgar el estudio: “Debido a su posición específica y la complejidad de las tareas, es poco probable que los líderes en RSE accedan a intervenciones formales de aprendizaje programadas. Por lo tanto, esperamos que se involucren más en aprendizaje informal en oposición al aprendizaje formal, ya que el informal les es más accesible” (énfasis añadido).  Es cierto que la experiencia indica que el aprendizaje formal es menos común y extenso que el informal, pero existen amplias oportunidades para hacerlo (no todas de la misma relevancia).  La razón práctica pueden ser más bien el costo (monetario y de tiempo), no necesariamente la especificidad y complejidad de las tareas.

3.      Cultura del aprendizaje en la empresa

Consideraron la existencia de tres culturas relacionadas con el aprendizaje en las empresas:

·       Que facilita el aprendizaje;
·        Que aprecia el aprendizaje; y,
·        Que enfatiza el aprendizaje con el objeto de evitar cometer errores (aversión al riesgo).

Es una tipificación un tanto extraña ya que las dos primeras no son mutuamente excluyentes, es difícil concebir una cultura organizacional que facilita el aprendizaje y no lo aprecia. Quizás hubiera sido más productiva una tipificación de la cultura en términos del comportamiento: confrontacional, colaborativa, jerárquica, Ah hoc (ver la serie de cuatro artículos Cultura empresarial y cultura de responsabilidad social: ¿Cómo debe ser la cultura para que sea de responsabilidad?).

4.      Principales resultados

Después de un extenso artículo con múltiples análisis estadísticos los principales resultados son relativamente poco sorprendentes:

  • Lo mas usado es el aprendizaje vía redes de colegas y experiencias en otras empresas.  La complejidad de las tareas, la necesidad de trabajar con el mundo exterior (los stakeholders) y la “posición solitaria” del responsable de RSE ponen el énfasis en el aprendizaje externo.
  • El entrenamiento formal fue la modalidad menos utilizada.
  • La cultura prevaleciente es menos importante que las oportunidades que la empresa ofrece para el aprendizaje y la automotivación que el responsable tiene para su mejoramiento.  Y esta última también es independiente de la cultura prevaleciente.  Es muy posible que la existencia de oportunidades sea un reflejo de las culturas analizadas y por ello esas oportunidades son lo determinante.  Y que las culturas analizadas no son capaces de distinguir las diferencias.

En resumen, según el estudio las competencias se desarrollan mayormente vía aprendizajes informales, con redes externas a la empresa, y las oportunidades que ofrece la empresa y el carácter de la persona son determinantes. Confirma lo que es de conocimiento general.

II.              Elusión fiscal como un problema para la sostenibilidad

En el mismo número de la revista Business Ethics se publicó el artículo Tax Avoidance as a Sustainability Problem (pgs. 1009-1025, solo disponible por subscripción), que propone considerar el tema de la elusión fiscal como un componente de la sostenibilidad empresarial, más allá de ser un problema de tipo fiscal para los países. 

Recordemos que por elusión fiscal se entiende la minimización de los impuestos usando mecanismos legales, en general aprovechando brechas en las legislaciones nacionales y falta de coordinación en los mecanismos internacionales.  Una de las metodologías mas usadas es la localización de una subsidiaria de la empresa en países donde la carga fiscal es menor, por ejemplo, en Irlanda o Luxemburgo (no necesariamente paraísos fiscales) y asignando los beneficios a esas subsidiarias [1].  Por muchos años, parte de las ventas de Apple se localizaban, contablemente, en la subsidiaria de Irlanda, aun cuando físicamente las ventas se efectúan en EE.UU. o en otros países europeos (la Comisión Europea ordenó a Apple a devolver a Irlanda los impuestos ahorrados, US$15.000 millones, lo cual hizo a mediados de septiembre del 2018).  Otra metodología común, especialmente para las empresas que venden servicios, como Google, el pago de elevados derechos de propiedad intelectual a la subsidiaria donde la carga fiscal es menor, contándolo como deducción fiscal en países donde la carga es mayor. 


El artículo que comentamos propone la tesis de que poner la elusión fiscal en el contexto de la responsabilidad de la empresa ante la sociedad, a nivel de la empresa, más allá del problema fiscal, a nivel agregado para los países afectados, contribuiría a reducir su prevalencia y aceptación. El ser reconocido como parte de la responsabilidad empresarial, debería ser parte de la transparencia y debería ser reportado en sus informes de sostenibilidad (proponen la incorporación de estos aspectos en los estándares de reporte del GRI y en los criterios de sostenibilidad de las instituciones calificadoras).  Buena idea, pero idealista. Parece muy poco probable que las empresas reporten, voluntariamente, sus elusiones fiscales.  Tendría más impacto la presión de la sociedad civil y el cierre de las brechas en las legislaciones nacionales y la coordinación internacional (ver ¿Un paso adelante contra la elusión fiscal?).

El artículo incluye un extenso análisis de las consecuencias de la elusión fiscal sobre la capacidad de los gobiernos de proveer los bienes públicos que la sociedad, y las mismas empresas, requieren para su operación. En una forma menos rigurosa, pero más pragmática, en el artículo Eludir y evadir impuestos: ¿Hasta dónde llega la irresponsabilidad empresarial?  de noviembre 2014 comentábamos lo siguiente:

“Los beneficios que han dado lugar a los potenciales impuestos que se evitan se derivan en buena parte de los esfuerzos de la misma empresa y de sus dirigentes y empleados, pero en buena parte se derivan de beneficios que la sociedad les otorga a las empresas por los cuales no paga nada o no paga su verdadero costo para la sociedad.

Y en ¿Un paso adelante contra la elusión fiscal?, de octubre 2015, decíamos:


“Las empresas han usado la infraestructura económica y social de los países donde se producen los bienes y servicios, pagados por los impuestos de otros contribuyentes
.  Han recibido un “subsidio” de la sociedad a cambio de lo cual pagan muy pocos impuestos y los que pagan, lo hacen en países que no han tenido que hacer esas inversiones para respaldar sus operaciones.  No cumplen son sus responsabilidades de contribuir a los gastos e inversiones en educación, salud, defensa, seguridad ciudadana, infraestructura de transporte, etc. de los cuales se benefician.  La elusión fiscal no es solamente una cuestión de que el gobierno quiere recibir mayores ingresos fiscales, es cuestión de equidad.”

En estos artículos ya poníamos a la elusión fiscal en el contexto de la responsabilidad de la empresa, en el contexto de la elusión de su responsabilidad, pero sin el rigor académico del artículo que comentamos.

III.           Reporta lo que importa

Ceres, una organización que promueve la sostenibilidad, especialmente la ambiental, publicó los resultados de un estudio sobre la información divulgada sobre la sostenibilidad, Disclose what matters: Bridging the Gap Between Investor Needs and Company Disclosures on Sustainability (Reporta lo que importa: Cerrando la brecha entre las necesidades de los inversionistas y la divulgación de su sostenibilidad).  Se analizó como reportan 476 de las más grandes empresas de EE.UU. del listado de Forbes 2000 cinco aspectos del proceso informativo:

  • Estándares usados en la divulgación de la información;
  • Supervisión de la sostenibilidad por el Consejo (Directorio);
  • Evaluación de los aspectos materiales;
  • Involucramiento de los stakeholders; y,
  • Aseguración externa de la información.

Es de notar que el estudio se refiere a procesos de gestión de la información sobre sostenibilidad, no a las acciones que las empresas implementan, es un análisis puramente de proceso, lo que es una condición necesaria pero no suficiente para la sostenibilidad.  No obstante, estos procesos son muy valiosos ya que estimulan y refuerzan las acciones.

Los principales resultados fueron:

  • El 70% de la muestra usa los estándares del GRI, y el 58% usan tanto los estándares como el índice de contenido del GRI en su divulgación;
  • Solo el 15% divulga en detalle el papel del Consejo en la supervisión de la sostenibilidad, incluyendo evidencia de sus mandatos formales para la divulgación de la información social y ambiental relevante que es considerada a nivel del Consejo y como se divulga;
  • Solo el 23% incluye detalles de sus prácticas en materialidad incluyendo la forma en que los resultados se usan para guiar la toma de decisiones; 
  • Solo el 17% divulga los grupos de stakeholders que son involucrados en el proceso, como lo hacen, que retroalimentación reciben y como la incorporan en la estrategia y reporte de la sostenibilidad;
  • El 58% no proporciona evidencia del aseguramiento formal de su información sobre sostenibilidad;
  • Menos del 10% reporta recomendaciones para la mejora derivadas del aseguramiento externo.

Y las recomendaciones que derivan de los resultados son relativamente obvias:

Comprometerse al uso integral de estándares de reporte (preferentemente los del GRI pero utilizar también los demás estándares para atender las necesidades de los diferentes stakeholders);

Reportar el impacto de los sistemas de gobernanza para la sostenibilidad, (no solamente cuales son, sino el impacto que tienen); y,

Utilizar la aseguración externa de los aspectos materiales.

Los porcentajes sobre el estado de los procesos en las mas grandes empresas son relativamente desalentadores. Demuestra que ni siquiera los procesos, no digamos las prácticas, están muy arraigados en estas empresas. Si estos son los resultados para las más grandes empresas, en uno de los países de mayor desarrollo (aunque no necesariamente en temas de responsabilidad empresarial), que se puede esperar de las empresas normales y corrientes, el otro 99.9% de las empresas, y en países con menor desarrollo.  Falta mucho camino que recorrer.





[1] Citan el mismo ejemplo que comentábamos en el artículo Ética grande y ética pequeña: Elusión fiscal y el código de ética en Pfizer , que publicamos en diciembre del 2015.