lunes, 19 de octubre de 2026

¿Hay que abolir las escuelas de negocios?

 

El artículo muy perspicaz sobre la enseñanza en las escuelas de negocios (MBA) en el New York Times de hoy (19 octubre), “I Teach at a Business School. It’s Time to Shut Them Down”, por el Prof. Chris Marquis, lo insinúa. 

Aboga, no como dice el título (quiere atraer al lector) por abolirla, pero sí por cambiar su cultura.



Es un articulo altamente recomendado para los que preocupan sobre el papel que estas escuelas juegan en la sostenibilidad empresarial vía la gestión de sus egresados.

El principal argumento es que instila en sus estudiantes una ambición egoísta, individualista, de hacer lo mejor posible para sí mismos, aun a pesar de las buenas intenciones que puedan tener al comenzar esos estudios de mejorar la sociedad y el mundo que los rodea.  Los adoctrina.

Alega, que tanto las materias que se enseñan como la metodología de enseñanza (ataca el estudio de casos por sobre simplificar la realidad del mundo en que se deben desenvolver y de estrechar la mira de los factores que deben tomarse en cuenta)

Crítica como insuficientes y hasta de hipócritas los intentos de remediar aquella cultura con algunos cursos electivos sobre sostenibilidad y ética, alegando que ello debería están incrustado en todas las materias y en la metodología de enseñanza. Pone el ejemplo de una escuela de negocios (donde fue profesor) en la que esto se intenta.

El problema es ciertamente uno de oferta, lo que las escuelas de negocios ofrecen, que podrá se mitigado con su propuesta, pero también hay un problema de demanda, que es menos manejable y que no considera y es que los estudiantes quieren lo que la cultura tradicional de esas escuelas ofrece, los mejores sueldos posibles al graduarse.  De hecho, esto es uno de los principales criterios que se utilizan para la calificación de estas escuelas, que también se han “corporatizado”, y tratan de maximizar sus ingresos y reputación

P.S. He escrito varios artículos sobre el tema en mi blog, por ejemplo, “¿Efectos perversos de la educación en las escuelas de negocios?” (marzo 2023, https://bit.ly/MBAPerv ),  “¿De quién es la empresa? ¿Qué debe maximizar?” (mayo 2017, https://bit.ly/Maximiz2 ) y “¿Quién determina cuales son los objetivos de la empresa? ¿Debe maximizar los beneficios?” (abril 2016, https://bit.ly/3M9Jfz1) y “Responsabilidad en la enseñanza en las escuelas de negocios” (marzo 2019, https://bit.ly/412b5X3

sábado, 10 de octubre de 2026

Economía circular, circa 1960: Nada nuevo bajo el sol.

 

Nota: este artículo, que pretende ser didáctico, contiene aspectos autobiográficos.

Ha llegado el momento de dejar un testimonio escrito para mis nietos sobre lo que pasaron sus abuelos para ser lo que son, sobre todo sobre su abuelita a la que no conocieron y que hizo a sus padres, y dada mi pasión sobre la sostenibilidad empresarial, me he acordado de una anécdota en la intersección de ambos aspectos, lucha y sostenibilidad, ocurrida más de 65 años.

Por esas fechas mi padre tenía una microempresa de producción de calzado para hombres, en una habitación, con dos empleados, aparte de mi madre. Era lo que habían hecho desde los 12-14 años, habiendo nacido en lo que en aquel entonces era la capital del calzado de España: Inca, Mallorca. Habíamos emigrado a Venezuela hacia cuatro años.

Producía un par de docenas de zapatos al día.  Mi padre cortaba el cuero a mano, con una cuchilla, alrededor de patrones de cartón piedra, sobre una plancha de zinc. Mi madre cosía las piezas (talón, pala, puntera, lengüeta, etc.), lo que sería la parte superior del zapato, un empleado la montaba sobre el molde de madera, le ponía la suela y otro le daba el acabado.

Gran parte de la economía de la producción residía en la optimización de lo más costoso, en cortar el cuero con el mínimo de desperdicio posible. Pero con las curvaturas de todas las piezas que lo conformaban, de diferentes tamaños y de forma irregular, el desperdicio era poco pero inevitable.

De allí mi “gran” idea, como pinche de la fábrica, después del colegio: utilizar los desperdicios del cuero. Como eran pedazos pequeños no era mucho lo que se podía hacer, pero se me ocurrió que de la misma manera que mi madre cosía las piezas para hacer el tope del zapato, se podrían coser los retazos para hacer algo: muñequeras. Cosiendo varios pedazos, incluyendo uno como pequeño cinturón y poniéndoles hebillas, podía hacer diferentes modelos de muñequeras. Todos diferentes, dictados, claro está, por los retazos disponibles. En teoría estas muñequeras se utilizaban para evitar esguinces, pero las mías eran muy débiles, sin estructura, que solo podían usarse como elemento decorativo, como quien hoy usa una pulsera de cuero.  

¡¡Las mías eran mucho más rudimentarias!!

Yo recogía los retazos y los juntaba de diferentes maneras, que mi madre cosía y les ponía una (modelo sencillo) o dos hebillas (modelo de lujo). Mi gran mercado: los alumnos de segundo de bachillerato que yo cursaba en ese momento. Fueron todo un éxito ….. temporal….. el mercado era muy pequeño, unos 20 varones.  Lo habré agotado en un mes. Habré vendido una media docena, …….pero gané orgullo de hacer algo útil.  Más de 65 años después todavía lo recuerdo.

Un ejemplo primitivo de la economía circular.  Pura lógica, nada de revelación intelectual extraordinaria, no hacen falta institutos de investigación, ni artículos en el Harvard Business Review. Lógica y necesidad. Se juntan el hambre con las ganas de comer.

Lo que demuestra que la sostenibilidad empresarial es pura lógica y buena gestión.